La generación “ni-ni” (otro trasunto semántico de la incomprensión adulta hacia los jóvenes) está ahora en las aulas. Son los jóvenes que NI estudian NI trabajan. Partiendo de que la preguntita de marras en un bar de copas “¿estudias o trabajas?” se ha sustituido por “eh tú, ¿follamos?”, vemos (no hace falta ser sociólogo) que la exagerada facilidad por conseguir éxitos vitales juveniles lleva a la apatía más tozuda. Una crisis de valores que hunde sus raíces en una crisis económica. En la precrisis. En el calentamiento previo que todo lo permitía. En el parking de la Facultad repleto de coches nuevos. Y con ese panorama, ahora, toca ponerse manos a la obra. Hay que ser psicólogos. Y no porque lo diga Bolonia, sino porque corremos el riesgo, el profesorado también, de que acabemos siendo parte responsable de una la tercera “ni”: “NI les enseñan”. Podríamos acabar en un “no atienden, ergo no me esfuerzo”. Y porque la mejor contribución al conocimiento no es la publicación de un artículo, sino la formación del que, algún día, podrá comprender ese mismo artículo.