La corrección de exámenes constituye la tarea más pesada de cuantas tiene un profesor a lo largo del año. Leer cien veces lo mismo procurando ser juez (y de los imparciales, además) del aprendizaje de los propios alumnos es al tiempo una suerte de autoexamen que nos lleva a reflexionar sobre si hemos sido buenos maestros con nuestros aprendices. Lógico. Pero cuando vemos al cabo de los años las burradas que acaban poniendo los pobres “amanuenses” comenzamos a distanciarnos de la enseñanza, ya que comprobamos que no resulta tan satisfactoria en lo que a resultados se refiere, y nos centramos en la política, en la investigación o en el puro correveidilismo. Así, al dar una clase, el profesor universitario estándar se limita a repetir, cada año con menos gana que el anterior, la misma lección con los mismo ejemplos, las mismas presentaciones e incluso los mismos chistes. Y así, ni el profesor está a lo que está, ni los alumnos van a clase. Dentro de 10 días se va a llenar la clase de “Demiúrgica y posología del clavo ardiendo”, ya que el profesor en cuestión (un nostálgico del mayo del 68) va a contar, un año más, la anécdota de cuando, siendo estudiante en una universidad americana, se encontró charlando animadamente toda una tarde con Henry Kissinger sin saber quién era. Los alumnos ya no saben tampoco quién fue Kissinger, pero ese tipo de conocimiento no es materia de ningún examen.