La Universidad de La Rioja y la Asociación de Amigos de San Román de Cameros organizan el ciclo de en a «El Numantino» que, del 23 de febrero al 19 de junio, se desplazará de Logroño a Madrid y a San Román, cuna de este político riojano que participó en las Cortes de Cádiz.

Este ciclo de conferencias pretende homenajear a Manuel García Herreros (San Román, 1767) y se completa con la convocatoria de un premio de investigación sobre su vida y su época.

En la organización colaboran el Gobierno de La Rioja, el Ayuntamiento de San Román, el Ateneo Riojano, el Centro Riojano de Madrid, el Consorcio para la Conmemoración del Bicentenario de la Constitución de Cádiz, el Foro para el Estudio de la Historia Militar de España y la Casa de Cantabria en Logroño.

El ciclo lo componen dos conferencias y una mesa redonda que, del 13 de febrero al 19 de junio, en Logroño, Madrid y San Román de Cameros, abordarán cuestiones como La Rioja en 1812, la figura de García Herreros en el liberalismo español y su enfrentamiento con los conservadores.

Manuel García Herreros nació en 1767 en San Román de Cameros (La Rioja). Ejerció de profesor de jurisprudencia en la Universidad de Alcalá. Durante la Guerra de la Independencia ejerció de ministro y fue elegido diputado por Soria para las Cortes de Cádiz.

Con la vuelta de Fernando VII, Manuel García fue destituido de su cargo y detenido, se le encarceló durante 8 años en el presidio de Alhucemas. Con el Trienio Liberal volvió a Madrid y, durante la regencia de M.ª Cristina, ocupó el cargo de secretario de Estado y ministro de Gracia y de Justicia.

Al abolirse la Constitución de Cádiz en 1823, Manuel García Herreros se exilió a Francia donde permaneció hasta 1834. A su vuelta se le nombró de nuevo ministro de Gracia y Justicia, cargo que ocupó hasta su fallecimiento en 1836.

PROGRAMA

Lunes 23 de febrero de 2010

Ateneo Riojano

20.00 horas. Conferencia ‘La Rioja durante las Cortes de Cádiz. Contexto y protagonistas’, a cargo de Rebeca Viguera, directora del Departamento de Historia y Cultura Popular del IER y doctora por la Universidad de La Rioja.

Viernes 16 de abril de 2010.

Centro Riojano de Madrid.

20.00 horas. Conferencia ‘García Herreros. Derecho y Revolución en el liberalismo español’, a cargo de Alberto Gil Novales, catedrático Emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid.

Sábado 19 de junio de 2010.

San Román de Cameros.

Mesa redonda ‘Liberales y conservadores. García Herreros versus Ceballos Guerra’, a cargo de Ernesto Reinares, biógrafo de García Herreros, y Paulino Laguillo, biógrafo de Ceballos Guerra. Modera: José Luis Gómez Urdáñez, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja.

Manuel García Herreros «El Numantino». Un camerano olvidado

Manuel García Herreros nació el 10 de enero de 1767 en San Román de Cameros. Como muchos cameranos, su familia tenía ya un pie en la América hispana y Filipinas, por lo que, a los nueve años, al amparo de su tío Manuel García Herreros, oligarca del Consulado y magnate del comercio y la minería de Nueva España, se embarcó con destino a Méjico.

Estudió en la Universidad Pontificia de Méjico hasta 1875. Alcanzada la tonsura y a punto de ser ordenado, abandonó la carrera eclesiástica y regresó a España. Terminó la carrera en Alcalá de Henares, obtuvo la licenciatura y el doctorado en Leyes en 1793, y fue profesor y, en 1794, abogado de los Reales Consejos. En 1797 fue Procurador General del Reino y desde entonces, fue obteniendo cargos que orientaron su carrera hacia la política y conoció a Agustín de Argüelles, con el que mantendrá una amistad de por vida. En 1803 casó en Madrid con Ana María de Fondevila y Causada, perteneciente a una familia de la aristocracia.

A pesar de la gran popularidad alcanzada en vida, fue proscrito y olvidado: un castigo que muchos sufrieron por su colaboración al nacimiento de la identidad de España como Estado-nación moderno y más libre. Fue un ideólogo en la sombra, siempre discreto, jurista eminente, más que político pragmático. Rechazó condecoraciones y, al final de su vida, tuvo que suplicar a la Reina Isabel II una pensión con la que sobrevivir. Nunca permitió que su retrato figurase para la posteridad en el ministerio que había regentado en tres ocasiones.

En su más célebre discurso contra los señoríos invocó nada menos que a sus representados «numantinos» en su lucha por la libertad contra el Imperio romano. Un violento apóstrofe, que figura en los anales parlamentarios del siglo XIX, de donde surgió el sobrenombre «El Numantino».

La revolución de 1808 le sorprendió en Madrid, donde hubo de vivir bajo José I siendo un simpatizante de la revolución francesa; nunca, sin embargo, fue afrancesado. Aceptó siempre la legitimidad de los Borbones, pero quiso que su poder fuera limitado por la ley constitucional. «Que el hombre esté bajo la ley, no bajo el hombre», fueron sus palabras.

En verano de 1810 llegó a Cádiz, cuando la reunión de Cortes era inminente. En las Cortes no tenía puesto por razón de su cargo, como él suponía. Con la provincia de Soria (a la que pertenecía San Román) ocupada, 35 soriano-riojanos refugiados en Cádiz (26 eran riojanos, y 16 de éstos, cameranos) fue elegido diputado suplente por esta provincia. Tomó posesión de su escaño el 26 de septiembre de 1810. Los diputados propietarios no llegaron hasta 1813 y ciertas maniobras políticas no permitieron que saliera del Congreso hasta su clausura: tal era su importancia, reconocida por todos.

Su prestigio como jurista no fue menor que el que adquirió por su integridad. Se convirtió en el ideólogo liberal por antonomasia: fue llamado «Contramaestre de las Cortes» y «El Numantino». De recio carácter, genio adusto y temperamento exaltadamente  revolucionario, fue orador elocuente; su palabra enérgica y sonora se hacía oír imperiosamente, en palabras de Pérez Galdós. Fue creyente pero se enfrentó con el poder temporal y absoluto de la Iglesia, como la mayor parte de los liberales y masones españoles.

Pronunció 236 discursos y perteneció a 17 comisiones, lo que ha sido igualado por ningún otro diputado. Propuso y defendió con ardor la abolición de los señoríos, su obra cumbre, junto con la abolición de la Inquisición y del Voto de Santiago. Defendió la desamortización eclesiástica, la libertad de opinión y de prensa; la implantación de la economía liberal, la modernización de la Justicia, de los Ejércitos y la creación de la Milicia Nacional. Intervino en el debate constitucional y fue coautor del famoso preámbulo de la Pepa, atribuido a su amigo Argüelles.

Clausuradas las Cortes fue nombrado ministro interino de Gracia y Justicia, cargo que ejerció hasta el regreso de Frenando VII en mayo de 1814. Entonces, acosado por la prensa absolutista y clerical, fue detenido en su  despacho de Palacio en la noche del 10 de mayo. Sufrió proceso político y el Rey, personalmente, le condenó a ocho años en el Peñón de Alhucemas.

Tras el pronunciamiento de Riego en 1820, salió  aclamado de la cárcel, para ser nombrado ministro de Gracia y Justicia, de nuevo, en el llamado gabinete Argüelles o «de los presidiarios». Permaneció en el cargo poco más de un año; tiempo en el que procuró su vindicación política, se enfrentó a la camarilla y al Rey, contuvo sublevaciones como la intentona del cura Barrio -desarticulada en el mesón del Rasillo-; intentó reorganizar la Justicia, firmó el decreto de exclaustración que cerró unos 800 conventos, y encerró en prisión a los autores del Manifiesto de los Persas de 1814.

La entrada de los Hijos de San Luis en 1823 le llevó a Sevilla en su huída, donde fue nombrado ministro de la Gobernación, cargo al que renunció a los pocos días, para pasar a Gibraltar. De aquí llegó a Marsella; pasó algún tiempo en París y se instaló con su familia en Bayona hasta la amnistía de 1832.

En la época del estatuto Real de Martínez de la Rosa, fue nombrado de nuevo ministro de Gracia y Justicia en el gabinete Toreno, en mayo de 1835. Hasta octubre de este año en que cesó, tuvo que enfrentarse de nuevo a los levantamientos liberales, promovió la desamortización que después llevaría el nombre de Mendizábal; sobre todo, promulgó su reglamento para organización de la Justicia, con jueces de primera instancia, audiencias provinciales y Tribunal Supremo, algo que siempre persiguió con denuedo. Después de cesar, Isabel II le hizo miembro del Consejo Real de España e Indias hasta su supresión. Después, Consejero de Estado y prócer vitalicio del Reino en la Cámara Alta, predecesora del actual Senado.

El 21 de abril de 1836, en un clima de gran tensión, pronunció su último discurso en la Cámara de los Próceres. Cuatro días más tarde murió estando leyendo el periódico después de haber oído misa. La prensa lo comento ampliamente. A su entierro, oficiado por su amigo el arzobispo electo de Toledo, Pedro González Vallejo (natural de Soto de Cameros), asistió toda la sociedad política de la época. Fue enterrado en el cementerio madrileño General del Norte y trasladado a la Sacramental de San Isidro. En su casa natal en San Román figura la siguiente inscripción en bronce desde 1995:

En esta casa nació
D. Manuel García Herreros

y Sáenz de Tejada,
procurador general de Reino,
diputado en las Cortes de Cádiz,
ministro de Gracia y Justicia
y de GOBERNACIÓN,
consejero real de España e Indias,
prócer vitalicio del Reyno

1767-1836