Con la cantidad de cosas que se escuchan en prensa, de nuestros queridos políticos (ojo, ya el tercer problema de los españoles según la encuesta del CIS), uno a veces se pregunta quién tiene más culpa, el engañabobos…o el bobo. Permítanme que les ilustre con la siguiente anécdota en qué posición de mi debate interno me encuentro y realicen aquellos comentarios que consideren apropiados para sacarme de mi encrucijada.

Una noche de éstas, tomando vinos con mis amigos, nos enzarzamos en un curioso debate. La cuestión se planteó en los siguientes términos: imaginémonos que se nos concede un don especial que va a condicionar nuestras vidas hasta nuestro último día, pero ese don es algo puñetero y no se nos concede directamente, sino que tenemos que elegirlo de entre dos planteamientos distintos. La elección del don nace con la siguiente cuestión: para el resto de tus días, ¿qué prefieres? ¿saberte querido o sentirte querido? Si tuviéramos que elegir una de estas dos opciones, ¿cuál elegiríamos? Reflexionemos un poco sobre ello, porque aunque las dos opciones parecen similares, en el fondo no lo son, y el matiz que las hace diferentes es muy importante.

A lo largo de tu vida puedes ser querido o no, por muchas y diversas personas. Si eliges saberte querido, sea lo que sea que realmente esté pasando, sabrás la verdad y el alcance de ésta; sabrás si tu pareja no te quiere aunque te diga un tequiero fácil todas las mañanas, por ejemplo. Te quieran o no te quieran, gracias a este don, tú siempre sabrás la verdad y podrás obrar en consecuencia. Y la verdad puede hacerte feliz…o puede hacerte daño. Veamos ahora qué implica la otra opción: si por el contrario eliges sentirte querido, significa que nunca vas a saber si realmente te quieren o no, pero eso a ti no te importa, porque has elegido esta opción. Es más, siempre te vas a sentir querido, aunque realmente no lo seas. Siempre serás feliz en ese sentido, independientemente de la verdad. Te quieran o no te quieran, gracias a este don, tú morirás pensando que todos te querían. En el trasfondo de este debate yace la pregunta que nos planteamos como cuestión: ¿Nos gusta que nos mientan? Si un pequeño grupo de amigos tomando copas de Albariño fuera una muestra estadísticamente representativa de la población, la respuesta sería muy clara: SÍ. Casi todos mis amigos, bajo estos términos, votaron por sentirse queridos. Sólo un par de matados votamos que nos gustaría saber la verdad. Así pues, aunque yo soy de la opinión de que no me gusta que me mientan, a tenor de lo vivido y de otras cosas que percibo a mi alrededor, opino que sí, que en términos generales, nos gusta que nos mientan.

Vamos a preguntarnos por qué. Entramos de soslayo en conceptos graves: Verdad y Mentira, y haremos una reflexión sobre ellos, pues conociéndolos un poco más, podremos saber porqué la gente elige de manera mayoritaria que le mientan.

La verdad sirve para encarar el futuro. La mentira sirve para soportar el pasado. Las verdades se descubren, mientras que las mentiras se construyen. Puesto que el futuro no lo sabemos, muchas veces da la impresión de que sólo tenemos nuestro pasado para enfrentarnos al mañana. Nos guste o no, el bagaje de las cosas que nos han pasado es la herramienta que más utilizamos para afrontar las cosas que nos puedan pasar. Es lo que venimos en llamar la experiencia, que es la madre de la intuición. Y sí, la intuición busca la verdad porque habla al futuro incierto, pero solemos usar más el paso previo, la experiencia, que se basa en nuestro pasado, nuestra herramienta, que está lleno de mentiras. Estamos más acostumbrados a manejar la mentira que la verdad. Por eso, en términos generales, elegimos la mentira. Construir es difícil, pero no menos que descubrir. La opción cómoda es sentirnos queridos, porque aunque está claro que ser queridos y saberlo es fantástico, ¿y si lo que sabemos es que no somos queridos? Nos aterra la incertidumbre de un futuro que no podemos controlar, y nos aferramos a aquello que sabemos que nos da resultado: si mintiendo soportamos mejor nuestro pasado, quizá también la mentira nos ayude a soportar mejor la angustia existencial de un futuro incierto y desconocido.

Ademar de Alemcastre