No podía el cisne negro volar sobre la situación de la actualidad sin sacar a colación el tema de la Iglesia y la pederastia. Miren ustedes que intenté que no, me resistí a añadir unas líneas sobre un tema tan manido y tan comentado, un tema sobre el cual todo el mundo tiene una opinión formada y que, al contrario que en el fútbol donde también pasa lo mismo, en este caso la gente sí habla con conocimiento de causa. Porque hasta el más sencillo y humilde de los mortales no deja de hacerse en cualquiera de sus formas esta pregunta:

¿Por qué los sacerdotes creen que tienen la vara más alta de medir con el tema del sexo cuando ellos NO practican sexo?

Algunos de ustedes me dirán que esta última frase es matizable y, desgraciadamente, la actualidad obliga a darles la razón. Dejaré la respuesta a esa pregunta en manos de las letras de Bob Dylan, porque no siempre hay respuestas para todo. La religión, por cierto, avanza encontrando buenas respuestas. La ciencia, por contra, avanza planteándose buenas preguntas. Puede que el gran Bob no anduviese desencaminado proponiendo al viento como solución alternativa.

Estos días han condenado a un religioso que me dio clase en mi niñez por abusar de una niña. El abuso, siendo abyecto e imperdonable, no fue de los que podrían ustedes imaginar de los más graves, sino que fue menor, lo suficiente como para que el hombre no entrara en la cárcel, pero sí para aceptar los hechos, ser apartado y pagar la correspondiente multa.  Ese profesor fue un docente fantástico, es el recuerdo que tengo, lleno de energía y vitalidad. Tantos años después, desayuno con esa noticia que me deja completamente en estado de shock ¿Qué puede mover a un hombre casi jubilado y septuagenario a hacer esa barbaridad? ¿Se puede uno imaginar un final más triste a toda una vida dedicada a la docencia? Y otras duda no menos siniestra asalta a la mente ¿Habría más antecedentes en su pasado y que fueron silenciados por el velo de la vergüenza de una sociedad que no estaba preparada para admitir esos abusos?

Frente a lo último, quiero pensar que no. Quiero pensar que fue una desviación producto de toda una vida avergonzándose de las reacciones naturales de su cuerpo. Estén tranquilos: no pienso mentar a Freud en esta entrada, ni llevar el sexo al origen de todos nuestros problemas en la vida.  Pero el sentido común comentado en las calles es nuevamente apabullante:

¿Por qué tienen que estar los sacerdotes de la Iglesia Católica sometidos al celibato?

El celibato no es una categoría que les distingue. Por contra, les obliga a vivir en una constante reprobación y negación de las pasiones del cuerpo y, desgraciadamente, cuando éstas se reprimen, es probable que en algunas personas devengan en desviaciones o parafilias algunas de ellas completamente aberrantes, como es el caso de los abusos sexuales a menores. Y qué decir tiene que les aleja de las ovejas que pastorean. Es muy difícil ponerse en los zapatos de tus pupilos cuando no has sentido nunca la pasión carnal incontrolada que, por otro lado, es la que nos ha llevado como especie a seguir perpetuándonos. Esa postura les deja en un lugar completamente fuera de cualquier autoridad moral en el tema de las relaciones sexuales. Desgraciadamente, creo que esta pregunta no tiene una respuesta tan fácil y evidente y fíjense ustedes, creo que la clave de ello está en la frase Karl Marx cuando dijo que todo sistema lleva implícito en su nacimiento el germen de su propia destrucción.

Y es cierto señores, el celibato se justifica porque los religiosos católicos basan gran parte de su fortaleza mental en que ya están enamorados de Jesús y de su mensaje, que Dios les ha llamado, y que no necesitan ningún tipo de enamoramiento más en la vida. Ustedes ya saben que ésta es una proposición bonita a la vez que tramposa, pero cambiar esta máxima probablemente sea sacudir los cimientos de la Iglesia Católica hasta unos límites que su jerarquía no creo que esté dispuesta a probar. Por esta manera particular de explicar la llamada de Dios, el celibato está implícito en la naturaleza de la vocación. Y si no hay llamada de Dios, no hay sacerdotes. Por tanto, tal y como se lo ha planteado la Iglesia Católica, el celibato ha resultado ser la piedra angular sobre la que se construye una vida. Pero claro, si no cambiamos el celibato, si no lo hacemos opcional, mucho me temo que será cada vez más difícil mantener el nivel de las vocaciones, corregir los comportamientos sexuales indignos y adecuarse a la educación de una sociedad moderna que tiene sentido crítico y escucha más voces que las que salen desde un púlpito. En definitiva, un montón de cosas que redundan en la pérdida de adeptos…es decir, en su propia supervivencia. Por cómo se lo han montado y  por cómo es la sociedad, el tema del celibato es un cuello de botella con un final impredecible. Pero incluso aunque lo quiten, las divisiones internas pueden ser tremendas. Por eso el tema del celibato, en cualquiera de sus direcciones, puede ser el germen que llevan implícito su propia destrucción. Lo más esperado que suceda es lo que suele suceder con todos los sistemas inerciales: la huida hacia adelante, y que desde los sectores más reaccionarios de la Iglesia nos sigan contando que básciamente hemos nacido con un gran pecado y que hemos de pasar toda la vida purgándolo para expiarlo, utilizando este mensaje y haciendo proselitismo de ello a sus bases porque saben que vamos a pecar (¡somos humanos!) y que luego iremos al templo a contarlo y ser perdonados (¡son Dios!), de tal manera que tengamos que estar agradecidos de por vida.

He dado respuestas. He mentado el viento. Ya entrado en vereda, ahora me gustaría hacer una pregunta: ¿Por qué no hay opción por parte de la Iglesia a los preservativos? Por favor, sigan mi razonamiento y ya verán que es una gran pregunta con una respuesta que se me antoja completamente misteriosa.

Me sé la respuesta oficial: hay que tener los hijos que Dios quiere que tengas. Pero vamos a ver: si Dios, que ha sido capaz de crear el universo y todas las maravillas de la tierra, quiere que tengamos hijos, ¿no tendrá poderes suficientes como para romper una gomita de látex que esté usando con mi pareja? Bromas aparte, yo puedo entender que el sexo sea sólo usado como método para procrear, no me voy a meter en la cama de nadie siempre que la práctica sea de mútuo consentimiento. Sin embargo queridos lectores, en los cursos prematrimoniales se enseña esto. Y he escuchado abiertamente decir a sacerdotes que se utilice la marcha atrás. Pero entonces, ¿a qué estamos jugando? Si uno puede usar el método del moco-cervical (sí, yo también considero que es el sumun de la antilíbido y que la imagen que tienen arriba es durísima) o la marcha atrás, entonces se admite abiertamente que el sexo no tiene porqué ser usado sólo para procrear. Entonces, mi pregunta es, ¿Por qué la marcha atrás sí y los condones no? Los espermatozoides mueren de igual manera, la vida o pseudo vida de los gametos sexuales se va por la borda de la misma forma. Quisiera que alguien me lo explique por favor. Desgraciadamente, la única respuesta que encuentro es que con el condón la gente haría más sexo, y eso contribuiría a la “barbaridad” de erotizar el sexo. Fíjense ustedes qué cosas, ¡el sexo no debe ser erótico!

¿De verdad no urge un cambio? La mayoría de las iglesias está llenas de viejecitas con pelo de color lila (otro gran misterio) y algún caballero de canas blancas que duerme a su lado en las homilías. Las mujeres son presidentas de países pero no pueden ser sacerdotes. Las vocaciones caen en picado y nadie allá arriba parece darse cuenta. La sociedad sabe que cultivar el cuerpo es tan importante como cultivar el espíritu y que ambas cosas no son incompatibles. Y que el sexo es una parte indisociable de nuestra condición de primates, mamíferos y humanos, y que si se reprime puede llevar a conductas vergonzantes. Y la vergüenza me lleva a una reflexión final. Una de las cosas en la que nos diferenciamos Oriente de Occidente es que aquí nos juzgamos por la culpa, mientras que ellos se juzgan por la vergüenza. Por eso a mi ex profesor lo retirarán a un convento o casa rural para que pase el resto de su vida retorciéndose por la culpa, mientras que los banqueros japoneses se suicidaron por la vergüenza que sintieron cuando a principios de los noventa el país entró en deflación y los ahorros de muchos ciudadanos desaparecieron. No pido ni de lejos el suicidio, pero considero que sería muy necesario que esta vez la Iglesia dejara a un lado una de las máxima de su credo (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa) y empezase a hablar de vergüenza y a actuar en consecuencia.

Ademar de Alemcastre