Si algo podemos sacar de provecho del terrible asesinato de la niña de Seseña es la posibilidad de que se abra en nuestro país un debate serio sobre la situación de la juventud. Ya sé que dirán ustedes que la juventud de ahora está perdida, que es exactamente lo mismo que dirán de nosotros los de la generación anterior. Ya saben, es muy probable que nuestros abuelos digan que la juventud tiene una mala vida, cuando nosotros estamos absolutamente convencidos de que vivimos mucho mejor que nuestros abuelos. Pero situaciones como la de este asesinato deben traer a mi juicio las siguientes reflexiones:

En primer lugar, la certeza de los hechos. Es imprescindible para la familia y para la comunidad conocer la certeza de los hechos que han llevado al asesinato. Para ello, es imprescindible que los agentes implicados en el caso investiguen con serenidad y que no se tomen actitudes revanchistas por cuenta personal.  Para entendernos: hay que evitar que Telecontenedor inicie su telediario o sus programas de actualidad en Seseña. La certeza no va a ayudar a superar a los seres queridos de la niña este tremendo drama, pero sí les ayudará a poder vivir con ello el resto de sus días. Que no es poco.

En segundo lugar, urge una reflexión común de la justicia, de esa justicia que la gente de la calle percibe alejada de la sociedad. Porque todos sabemos que las teoría es platónica, pero que la realidad es aristotélica. Si un menor ha matado a una persona, ¿es acaso normal que la pena que tenga sea similar a la de si hubiera incendiado un coche? Son muchas las aristas de este problema y no soy yo la persona más adecuada para entrar en sus detalles, por desconocimiento, pero créanme que estaría encantado de escuchar un debate entre juristas, sociólogos, psicólogos y educadores sobre este particular.

En tercer lugar, acometer en paralelo, ésta sí, una reforma del sistema educativo. No se trata, como en el Gatopardo, de cambiar todo para que no cambie nada. Pero los datos que disponemos del empobrecimiento de nuestra educación son tan alarmantes que me llevan a declarar, categóricamente y sin ningún rubor, que la verdadera crisis que asola a España no es la económica sino la de la educación. Ésta es nuestra más acuciante crisis y probablemente el talón de aquiles de la salida de todas las crisis económicas y/o sociales que podamos tener en un futuro, pues sin educación no hay modernización ¿Que la educación le parece cara? Pues pruebe usted con la ignorancia. Ésa sí que sale cara. Carísima.

Como esta tribuna se encuentra dentro de esta fantástica página que es actualidaduniversitaria.com, creo que es de recibo extendernos un poco más en este tercer pilar: la educación de la juventud en España. En los últimos años hemos vivido una bonanza económica sin parangón en la historia de España. Probablemente los que leamos estas líneas no conoceremos de nuevo una situación así en el futuro. La llegada del euro, con unos tipos de interés bajísimos a cómo estábamos acostumbrados hasta la fecha, la posibilidad de vivir con un déficit en la balanza de pagos de más del diez por ciento del PIB sin que pasase nada, junto con la abrumadora concesión crediticia de la banca y la escandalosa participación de los distintos agentes políticos y privados en la creación de nuestra burbuja inmobiliaria, provocaron esos años felices en donde vivimos muy por encima de nuestras posibilidades y donde datos como el de la siguiente tabla del Ministerio de Educación y Ciencia, aun siendo preocupantes, no suponían ningún auténtico escándalo y drama social:


¿Qué importaba que el abandono escolar fuera del 31% si había trabajo para todo el mundo? La comparación con las cifras de los otros países es dolorosa. Gran parte de esta masa de gente se agarraba a pequeños trabajos (no olvidemos: de baja cualificación) en el sector de la construcción, enganchándolos con períodos de salida del mercado laboral bajo el paraguas de vivir en el domicilio paterno; que por algo somos el país de Europa con las peores tasas de emancipación. Esto vale en épocas de vacas gordas, pero no vale en épocas de vacas flacas. Seamos francos: toda esta gente no tiene actualmente ni la más remota posibilidad de inserción en nuestro estancado mercado laboral porque su cualificación es tan baja que no aportan ningún valor, ya no me refiero al añadido, sino a valor productivo en valor absoluto. Y no me llamen cruel, sino realista. Desde un punto de vista laboral, esta masa es como todos esos ladrillos que hemos construido estos últimos años: activos sin ningún valor. En estas cifras, además, se produce en nuestro país una desigualdad, pues aquí también hay dos Españas: la del norte con tasas más bajas de fracaso escolar, y la del sur, con zonas de Andalucía, Extremadura y Murcia, con un porcentaje de fracaso escolar en torno al 45% en varones. Porque también aquí hay otra diferencia: los varones presentan en algunos casos porcentajes de hasta diez puntos por encima que las mujeres en fracaso escolar.

El Informe PISA se hace cada tres años y es elaborado por la OCDE. Tiene algunas críticas, pero a mi juicio es muy completo y exhaustivo: tanto en el número de países estudiado, como con la metodología.  El último publicado es el del 2006 y a España nos sacó los colores. El informe PISA realiza una serie de preguntas a los alumnos de diversos países sobre tres campos: CIENCIA, MATEMÁTICAS y LECTURA, sacando unas notas en cada uno de ellos y comparando la de los países entre sí.

En el campo de CIENCIA se valora, entre otras cosas, la capacidad que tienen los alumnos de superar ciertas pruebas científicas y la de la interpretación de los postulados científicos. Los resultados comparativos dejaban a España es muy mal lugar, por debajo de la media de la OCDE en ambos parámetros y mucho más cerca de países en desarrollo que de los países desarrollados, supuestamente los de nuestros entorno:

El campo de la MATEMÁTICAS es más preocupante si cabe. Muchas veces consideramos que una persona culta es aquélla que se sabe las capitales del mundo, por ejemplo, o en qué año escribió Emily Brontë su novela «Cumbres Borrascosas». Pero como bien dice el matemático John Allen Paulos, frente al analfabetismo comúnmente aceptado como señal de la incultura, se encuentra también otra señal no menos importante de la incultura que es lo que él llama el anumerismo. Hay que tener unos conocimientos mínimos de matemáticas para poder desenvolverse en la vida, por ejemplo, para saber calcular las cuotas de tu hipoteca, saber si te están o no engañando al aconsejarte en una inversión o, simplemente, saber calcular un tanto por ciento cuando vamos a las rebajas. El resultado de las preguntas de MATEMÁTICAS del Informe Pisa no pueden ser peores para nuestro país:

En donde los países con notas en MATEMÁTICAS significativamente por encima de la media están en el bloque verde, los países en la media en el bloque azul, y los países significativamente por debajo de la media están en el bloque amarillo. España está colocada donde el puntito rojo. Una vista hacia arriba y hacia abajo de los países que tenemos en la lista, nos pone en nuestro lugar en el mundo a nivel de matemáticas. Duro, ¿verdad?

Pero si ser malos en CIENCIA y en MATEMÁTICAS es fastidiado de por sí, lo más triste a mi juicio son nuestros resultados en LECTURA. Es decir, en competencias a la hora de leer. Para ser más preciso, ¡en que nuestros alumnos entiendan lo que lean! El resultado habla por sí solo:

Es un dato terrible. Y si a esto añadimos que nuestros jóvenes leen poco, pues entonces tenemos que no entienden mucho de lo poco que leen ¡Que se froten las manos los políticos que llenan de demagogia sus discurso! ¡Aquí hay quorum y público entregado para muchos años! Si no hay lectura ni comprensión, entonces no hay espíritu crítico. O lo que es lo mismo, esto:

Enseñanza Pública vs. Enseñanza Privada

Entre otras muchas variables, el Informe Pisa también saca una relación interesante entre las puntuaciones de la enseñanza pública y privada por países, comparándolas. He extraído aquí unos datos que les paso a presentar en la siguiente tabla que he preparado:

En la «Tabla A» aparecen las notas en LECTURA, MATEMÁTICAS y CIENCIA tanto en España como en la media de la OCDE. Vemos que en España la proporción de personas que estudia en centros privados frente a centros públicos es mayor que en la media de la OCDE (65-35 vs. 83-17) y que la diferencia de notas es mayor en España que en la media de la OCDE: en decir, los alumnos que estudian en centros privados españoles frente a los públicos sacan mejor nota y con más diferencia que los centros de la media de la OCDE. En España las notas son mejores entre un 8-9% y en la OCDE entorno a un 5%.

La «Tabla B» tiene los mismos datos que la tabla anterior, pero cruzados, y en ella vemos la comparación de los centros públicos y privados de España versus la OCDE. Vemos con consternación que ambos, tanto en los centros privados como en los públicos españoles, las notas son más bajas que las notas de los mismos tipos de centros de la media de la OCDE. Y menos mal que no entramos a las entrañas de las competencias en idiomas extranjeros, que ése es otro cantar.  La «Tabla B» demuestra sin paliativos que la excelencia de la enseñanza española brilla por su ausencia en el panorama internacional. Hay que asumirlo ¡Pero para intentar cambiarlo!

No pretende ser esta entrada sólo un cadena de lamentos de nuestra educación. Otros datos del Informe Pisa nos ponen en buen lugar, como es en el uso de ordenadores y en la importancia que le damos a internet (obvio como bueno el dato de que nuestros jóvenes son los mejores del mundo – sí, han leído bien: los mejores – a la hora de…chatear) También es cierto que nuestros jóvenes se forman en valores que nosotros y sobretodo nuestros mayores desconocen, como son la empatía, la solidaridad, una conciencia medioambiental y en general, la creación de espacios de cooperación frente a espacios de competencia. Pero todos estos valores quedan en nada sin un buen soporte, digamos, técnico. Porque en esta época del ciclo en la que estamos a la baja, lo que necesitamos en excelencia y competitividad. Tenemos que encontrar las brechas que siempre ofrecen los mercados para encontrar el producto o los productos que la sociedad demande y ser competitivos en ellos. Porque si no lo hacemos, lo harán otros por nosotros y llegaremos tarde, otra vez más como tantas veces en la historia, al tren de la modernización.

Ademar de Alemcastre