UNIVERSIDAD DE NAVARRA

– La periodista y escritora ofreció una sobre san Josemaría Escrivá en la Universidad de Navarra

“El hallazgo más inesperado cuando afronté la biografía de Josemaría Escrivá de Balaguer fueron los contrastes en su personalidad y en su vida”, explicó Pilar Urbano, en una conferencia organizada por el Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá (CEDEJ) de la Universidad de Navarra. La periodista y escritora es autora de El hombre de Villa Tevere, biografía del fundador del publicada en 1994.

“Los contrastes que he observado en san Josemaría Escrivá no se contrarrestan, sino que cada uno realza a su valor opuesto y da garantía de él. En el plano moral, vienen a ser lo que la piedra de toque del platero: en Escrivá, cada contraste autentifica la buena ley de una virtud”, aseguró.

De ese sinfín de pares de contrastes virtuosos, con los que la escritora se encontró al profundizar en la figura del santo, Pilar Urbano mencionó ayer algunos ilustrativos. Así, se refirió a la pobreza y prodigalidad que caracterizaron a san Josemaría Escrivá. “Desde bien joven experimenta ese tirón de Dios que le lleva a buscar libremente la pobreza personal, pero el contrapunto está en que cuanto se negaba a sí mismo no dudaba en darlo a los demás con generosidad”.

Santidad en medio del mundo

Asimismo, aludió al Escrivá tradicional que se autodefine “tomista, paternalista, triunfalista, providencialista” y al otro Escrivá, anticipativo e innovador que “ha de esperar, soportando miradas oblicuas, hasta que el Vaticano II refrende una a una todas las ‘audacias’ que viene predicando desde 1928: la universalidad de la llamada a la santidad, el valor santificador del trabajo, el apostolado de los laicos, la libertad de los seglares en toda cuestión temporal, la unidad de vida.”

Precisamente, es esa santidad mundanal que él propone, “el nudo de todos los contrastes, el cruce de todos los dilemas y perplejidades que suscita su doctrina. Josemaría Escrivá fue místico y asceta, contemplativo y activo, ciudadano del mundo temporal con irrefragables ansias de un mundo eternal. Su celda fue la calle: en todo captaba sugerencias de lo divino. Y la calle fue su celda: ni se abstraía ni se distraía. Su vida interior viajaba con él”, destacó la escritora.

Por último, Pilar Urbano destacó otros sugestivos contrastes como la continua lucha por desasirse de ataduras y vaciarse de afectos a la que le obligaba su deseo de pureza, y su capacidad de amar mucho; su conciencia inalienable de fundador, junto a la certeza de su prescindibilidad; la falta de rigidez y rutina en su piedad, a pesar de estar reglada sobre el cañamazo de un plan de normas fijas y sometida a la dictadura del reloj; su alegría al encontrarse cada día con la cruz; o su capacidad de ser muy padre, precisamente porque se sentía muy hijo. “Escrivá transfiere a la Obra, como ambiente propio, el clima de familia que vivió en el hogar de sus padres. Del mismo modo, en el cuidado y en el magisterio que despliega sobre sus hijos del Opus Dei, proyecta el trato personalizado y entrañable, fuerte y tierno, que él recibe de su Padre Dios”, concluyó.