UNIVERSIDAD DE ALICANTE

La labor de las es indispensable durante el proceso de rehabilitación emocional de las personas que han sufrido un infarto agudo. Así se desprende de una investigación realizada por una profesora de Enfermería de la Universidad de Alicante, Carmen Solano, que ha llevado a cabo el seguimiento de una treintena de casos, desde los días de su estancia en la UCI hasta un año después. “En ese periodo es muy importante estar cerca del enfermo, y si él lo siente así se tranquiliza”.

Carmen Solano llevó a cabo su investigación con varones de la zona del Hospital de Elche, con el objetivo de conocer qué pasa por la mente del infartado en los primeros momentos tras el ataque y entrevistándoles en su entorno familiar para saber como viven un año después su experiencia de la enfermedad. Recuerda Carmen Solano, actualmente subdirectora de la Escuela de Enfermería, que el infarto agudo es una de las primeras causa de muerte en los países occidentales. Su importante repercusión social implica un importante gasto sanitario y laboral por las bajas que ocasiona. “Pero aunque se ha investigado mucho en campos como el del diagnóstico, la prevención y la rehabilitación se han hecho pocos estudios en España que den voz a las personas afectadas, mientras que en los países anglosajones se examina esta patología muchas veces desde la perspectiva del enfermo”.

Explica que el infarto irrumpe de forma brusca en la vida de la gente y altera por completo su esquema personal social, familiar y laboral. “Está afectando a personas cada vez más jóvenes, y aunque antes era una dolencia típicamente masculina a hora afecta también a un número cada vez mayor de mujeres”

La primera etapa se produce con su ingreso en las unidades de cuidados intensivos (UCI). “En ese momento el mundo se les viene abajo porque piensan que tienen la muerte cerca. Sin embargo, el verse rodeados de dispositivos y aparatos automáticos y con mucho personal sanitario atendiéndoles estrechamente, les da una sensación de seguridad, de que laa situación está bajo control. De todas formas, sus pensamientos son distintos según hayan vivido antes la experiencia de haber tenido un familiar o un allegado en la UCI. Según se digan, por ejemplo, “mi padre murió en una cama como ésta” o, al contrario, “mi primo se recuperó tras pasar por la UCI”, su reacción es distinta”, señala.

“En esos primeros días es muy importante el papel de las enfermeras -añade-. Deben explicarle al paciente que hay muchos tipos de infarto que no tienen por qué implicar muerte o minusvalía. Una vez superada la fase crítica y ya estabilizado el enfermo también tienen un cometido importante después, durante el periodo de rehabilitación, que puede ser un proceso lento y largo. Hay que hablar con ellos para que sean capaces de reconocer aquellos hábitos o factores que les han llevado a la enfermedad para que actúen en consecuencia y ayudarles en la rehabilitación emocional”.

Señala Carmen solano dos grupos de enfermos según cómo viven la experiencia de la enfermedad, Para el primero de estos grupos es un acontecimiento muy negativo. “Lo ven como un antes y un después brusco. Se sienten débiles y minusválidos. Tal vez tienen que dejar de trabajar e incluso su mujer también puede verse obligada a ello para acompañarle. Caen en el desánimo y hasta en la depresión. Esta actitud predomina entre quienes tienen de 50 a 60 años. Y luego hay un segundo grupo, minoritario, del que forman parte personas por lo general más jóvenes, de unos 45 a 50 años, que viven el episodio como una segunda oportunidad. Se dicen a sí mismos que le han visto las orejas al lobo, desean romper con una vida desordenada y valoran más estar con los suyos”.

“En todos los casos es muy importante el bagaje de experiencias y valores de cada uno. Así, por ejempo, si se trataba de trabajadores que toda su vida han desarrollado largas jornadas laborales, algo frecuente en la zona industrial de Elche, dicen con frecuencia: “esto me ha salido por haber trabajado tanto”, indica.

Expresa asimismo que la vida de pareja se suele ver muy afectada durante el proceso de rehabilitación. “La mujer del infartado se vuelca con frecuencia en el enfermo, pero él se siente sobreprotegido y minúsválido y muchas veces reacciona con irritabilidad y actitudes despóticas. En cambio, muchas veces la mujer piensa que su dedicación no se valora. Es menor el porcentaje de mujeres que me afirmaron que la enfermedad les había unido más y hacían más cosas en común”.

Añade que además el paciente piensa que las relaciones sexuales son peligrosas porque ve en ellas un sobreesfuerzo. Durante la rehabilitación es normal que acudan a urgencias ante la mínima expresión de dolor. También suelen sentirse desamparados porque no saben interpretar síntomas que les surgen y ante los que reaccionan con miedo. “Simplemente con tener un teléfono directo al que llamar y poder hablar con una enfermera les tranquilizaría”, afirma.