A veces parece que, pese a conocer perfectamente las consecuencias de nuestros actos, preferimos jugar a intentar luchar contra lo inamovible, o nos encontramos improvisando patéticas maneras de morir y de no vivir.

Esta noche da lo mismo que te dé un beso o que me vomites en el zapato. Acabas de matar la última posibilidad, y ni siquiera me molesto en decírtelo. No serviría. Por cierto, no va a pasar nada si me sonríes.

Huele a naranjas y a vino, y ni siquiera recuerdo tu nombre. Cuando te dije que siempre estaría contigo probablemente era exactamente lo que quería decir, que siempre estaría contigo, y ya eso tampoco importa. Insisto, no te va a doler una sonrisa.

¿Ves? Te queda bien esa sonrisa, deberías comprártela, es de tu talla. No de la mía, evidentemente. Da mucho asco el olor a naranjas. Si hay algún motivo por el cual estás tan triste esta noche, creo que tengo todo el derecho del mundo a no saberlo, pero hazme el favor de dejar de matarme. Y sonríeme.

No te quiero para mí. Ni para él. Me encantaría llegar en mi caballo blanco, rescatarte de ti misma, y después tumbarme a tu lado en aquella cala de Donegal, donde una vez me quedé dormido para siempre y donde siempre regreso cuando no me gusta la vida de ahora, la de hoy, cuando huele a naranjas. Vente conmigo a la cala, pero abrígate, mi amor, que ya sabes que en Irlanda hace frío.

Y duerme. No abras los ojos. Escucha. Dime por favor que tú también lo oyes. Por lo que más quieras, dime que tú también oyes el mar, porque eso significará que yo estoy vivo, y que tengo los ojos cerrados sólo porque no quiero que este momento tumbados sobre la hierba fría de Irlanda (y escondidos del tiempo) pueda terminarse por el más mínimo cambio. Y no me despiertes, mi vida, quedémonos para siempre escuchando el mar, con los ojos cerrados, sonriendo.