Traigo hoy al blog una historia citada a su vez por Umberto Eco en la Introducción a “El límite de la interpretación”. Esta historia es contada por el explorador y reportero John Wilkins en su viaje a Norteamérica en 1641:

Hasta qué punto debió parecer extraña el Arte de la Escritura ya en su primera invención lo podemos comprender por los americanos descubiertos recientemente, que se sorprenden al ver que los hombres conversan con los libros y se esfuerzan por creer que el papel pueda hablar (…)

Hay un bello relato sobre esto, que se refiere a un esclavo indio, que fue enviado por su amo con una cesta de higos y una carta. Durante el camino se comió una gran parte de la carga, y sólo entregó la parte restante al destinatario, quien, después de leer la carta y no encontrar la cantidad de higos que debía haber recibido, acusó al esclavo de habérselos comido, poniendo como prueba lo que la carta decía. Pero el indio (a pesar de esta prueba) negaba ingenuamente el hecho, maldiciendo el papel como un testigo falso y mentiroso.

Al poco tiempo de esto, fue enviado con un cargamento igual y una carta en la que se indicaba el número exacto de higos que debían serle entregados al destinatario. El esclavo, de nuevo, como había hecho la otra vez, se comió una buena parte de los higos durante el camino. Pero en esta ocasión, antes de tocarlos, con el propósito de evitar todas las posibles acusaciones, cogió la carta y la escondió bajo una enorme piedra, pensando que de esa manera, si no le veía comerselos, no podría denunciarle. Pero como fue reprendido con más firmeza que la vez anterior, confesó su falta y admiró la divinidad del papel, prometiendo cumplir en el futuro todas sus encomendaciones con fidelidad.

(John Wilkins. 1641. Mercury or The Secret and Swift Messenger. Nicholson, Londres, 1707, pp. 3-4)

Dicha historia hace a su vez que nos preguntemos sobre la capacidad de mentir que presentan los políticos españoles, y como continuación de la misma, la capacidad de creer en los engaños que presenta la sociedad. Pues si bien el indio de la historia termina por aceptar la divinidad del papel, los indios hispanos del presente demuestran situarse en el polo opuesto, ignorando cuanta información se les ofrece en los papeles actuales (es decir, la prensa).

Y concreto: que un presidente sea capaz de colocar en el mismo discurso, por ejemplo, una rebaja sustancial del gasto social (que hasta hace poco era intocable y por tanto demuestra a las claras la gravedad de la situación) y la frase “estamos saliendo de la crisis”, y que la gente siga sin salir a la calle es síntoma de que la sociedad se cree que estamos saliendo de la crisis, pese a que ha leído ambos hechos. Y que nuestra clase política siga sin reducir su número de asesores, de coches oficiales, de viajes, de vinos de honor y demás gastos ridículos (hechos todos ellos denunciados por todos los periódicos del país) y no haya movilizaciones sociales que provoquen el cambio radical de la actitud de los políticos en lo que a prebendas y privilegios se refiere demuestra a las claras que, o bien el español es un pueblo “amarmotado” (opción que no me creo: una población capaz de generar continuamente conflictos civiles justificados o no -Esquilache, el 2 de Mayo, las Guerras Carlistas, la Revolución de Asturias, la Guerra Civil- no se adormila tan fácilmente) o bien no se cree lo que dicen los medios. Es decir, se lo cree pero no lo interioriza, al contrario que el indio del relato de Wilkins.

Y en esas estamos: interiorizando mientras llega el Mundial de Sudáfrica.