Carlos Rodríguez Braun es catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid. Treinta y ocho años en la docencia avalan su experiencia. Ha publicado artículos académicos en las revistas más prestigiosas de su especialidad en España, Estados Unidos, Inglaterra e Italia, y más de 4.000 artículos en la prensa española, europea y americana. Además, fue director de España Económica y subdirector de Cambio 16 y El valor del dinero, éste último en RTVE.

Nos hace un hueco en su apretada agenda para respondernos a unas preguntas sobre su vida y el contexto económico actual.

¿Por qué se interesó por la cuando empezó a estudiar?

Cuando terminé el colegio, en 1965, no tenía una vocación clara para estudiar las carreras, digamos, “clásicas”. Unos primos míos mayores habían estudiado Economía y por esa razón trivial me matriculé. Durante la carrera no me interesaron especialmente las asignaturas propias de teoría económica, que me limité a aprobar. Lo que me interesó de verdad fueron las otras asignaturas, como la historia, la filosofía y en primerísimo lugar las matemáticas. La economía sólo empezó a interesarme después, ya licenciado, e incluso como economista he solido tener la vista puesta en la economía también desde otras perspectivas, como la historia, la política, la cultura y la filosofía moral.

¿Cuál ha sido su mejor y peor momento como profesor?

Siempre digo en broma que lo peor fue cuando empecé a dar clase. Un compañero mío de estudios, Enrique Ganuza, que era profesor en la Universidad Católica Argentina, donde ambos nos habíamos graduado, obtuvo una beca para estudiar el doctorado en Europa, y me pidió que lo sustituyera. Corría el año 1972. La asignatura era Introducción a la Economía en el primer curso de la carrera de Sociología. Fui y me encontré con que ¡sólo eran chicas, guapísimas, y apenas unos años menores que yo! ¿Se imagina la situación? En fin, la verdad es que toda mi vida de profesor, incluido ese sobresalto inicial, ha sido muy grata.

¿Y cómo alumno?

He disfrutado muchísimo en todas las etapas de mi vida como estudiante. Recuerdo dos anécdotas no gratas pero sí aleccionadoras. En el primer año de la Facultad decidí la noche anterior a un examen tomarme una pastilla para no dormir. Fui al examen, rellené todo el cuadernillo a gran velocidad y me pareció que había respondido a las preguntas tan bien que les comenté a mis compañeros que no podía sacar nada por debajo de notable. ¡Y suspendí! Desde entonces no tomo pastillas. La segunda anécdota fue con un profesor de matemáticas que me tenía manía, con razón, porque siempre he sido muy rebelde. Y el día del examen repartió las preguntas para todos pero me llamó a mí y me hizo un examen sólo para mí. Lo recuerdo como si fuera hoy. Había una única pregunta: tenía que demostrar el teorema según el cual las segundas derivadas parciales cruzadas son iguales. No era difícil y yo lo sabía, pero me puse tan nervioso por ese trato discriminatorio que no supe hacerlo y suspendí. A la convocatoria siguiente saqué sobresaliente, y aprendí un poco más, no tanto de matemáticas como de la naturaleza humana.

Desde su punto de vista, ¿qué le falta a la Universidad, cómo se podría mejorar?

No hay que descubrir la pólvora ni el Mediterráneo. Las mejores universidades del mundo suelen ser privadas y en general son aquellas donde a los alumnos les cuesta dinero y sacrificio sacar sus carreras, los profesores están sometidos a la competencia, y los políticos, los burócratas y los sindicalistas no tienen absolutamente nada que decir.

Su trabajo ha estado muy vinculado a la docencia y al periodismo, ¿hasta qué punto son importantes en la difusión de la economía?

Son obviamente importantes. Lo que quizá resulte menos obvio es que también son peligrosos, porque contribuyen a la difusión de ideas económicas equivocadas. Aprovecho para hacer una defensa del periodismo, porque a menudo los periodistas son despreciados por mis colegas profesores. Una vez que terminan con sus comentarios desdeñosos hacia los medios de comunicación, suelo apuntarles que, en efecto, los periodistas dicen muchas tonterías, pero nunca he escuchado a ningún periodista decir barbaridades más groseras que las que he escuchado en la Universidad.

¿Por qué cree que la economía no interesa o no se suele entender?

Es que si no se entiende es lógico que no interese o parezca que no interesa. En realidad, todos estamos interesados en economía. Por eso no es casualidad que los economistas aparezcamos más en los medios de comunicación que los metafísicos, porque los economistas lidiamos con cuestiones que afectan directa y claramente a la vida de los ciudadanos. ¿O es que acaso a la gente le da igual pagar más impuestos que menos? Recordemos de todas maneras, para no caer en victimismos, que el interés por la economía ha aumentado bastante en nuestro país, y a ese proceso hemos contribuido tanto los economistas, sea que colaboremos en los medios o no, como los propios periodistas.

Usted es uno de los pensadores que más ha contribuido a la difusión del liberalismo clásico, ¿cuáles han sido, desde su entender, los mayores hitos en esta difusión?

La difusión del liberalismo ha sido muy considerable en las últimas décadas. Decía Joaquín Garrigues Walker durante la transición a la democracia: “Los liberales españoles cabemos un taxi”. Es claro que hoy no nos alcanzarían ni un taxi ni varias docenas. Entre los hitos que marcan ese progreso nombraría a varios amigos: Pedro Schwartz con el Instituto de Economía de Mercado a comienzos de los años 1980, Jesús Huerta de Soto y su notable labor académica de promoción de la liberal Escuela Austriaca de Economía, la aparición en el año 2000 de Libertad Digital, y más recientemente el dinámico Instituto Juan de Mariana que preside Gabriel Calzada. Ahora bien, no deberíamos los liberales caer extasiados en la contemplación de nuestros ombligos, porque la mayor difusión del liberalismo no provino esencialmente de nuestro talento sino de la reacción frente al espectacular aumento de la coacción pública en términos de impuestos, regulaciones, multas y prohibiciones de todo tipo. Es más, considerando esa expansión de la coerción, el liberalismo debería de haberse difundido mucho más.

¿Hasta qué punto es difícil ser economista y no hablar de la crisis en la actualidad?

Es imposible no hablar de la crisis. Primero porque existe y es gravísima, a pesar de que nuestro manifiestamente mejorable Gobierno la negó y minusvaloró, perdiendo con grave irresponsabilidad un tiempo precioso que pudo dedicarse a mitigar su impacto. Segundo, en defensa propia, para que las autoridades y la opinión pública no extraigan la conclusión más equivocada y peligrosa, a saber, que la crisis se ha debido a nuestra libertad y que, por tanto, es labor inexcusable de los mandatarios recortarla aún más.

¿Cuánto cree que le puede quedar a la actual crisis?

Llevamos tres años y el peor fue 2009. Este año no será tan malo, y no es descartable que salgamos adelante incluso antes de 2011. Observe que de las crisis siempre se sale, pero la norma, que se cumple nítidamente hoy, es que las crisis se superen no gracias sino a pesar del Gobierno.

Se imagina una sociedad…

Libre.

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Colaboradora de Actualidad Universitaria