Me apetece hablar de Cataluña y los catalanes. La sentencia del Tribunal Supremo sobre el Estatut pone de actualidad un tema siempre abierto pero últimamente relegado en los telediarios por asuntos importantes de verdad, como la reforma laboral, el Torneo de Wimbledon o el Mundial de Sudáfrica. Quisiera aclarar en primer término que no soy de los que piensan que las fronteras son inamovibles. No lo han sido a lo largo de la historia y frente a las teorías de que los siglos de unión ejercen de estímulos automáticos para mantener esa unión (léase Castilla-Aragón-Navarra) podemos enfrentar la tesis de la existencia de hechos diferenciales que innegablemente pueden motivar la separación de lo previamente unido.

Sin embargo, considero que el caso catalán debería ser tomado en broma en este sentido. O al menos en su argumentario. Y voy a ceñirme a argumentos contemporáneos para no caer en trampas de derechos históricos de una u otra corriente de opinión.

1.- La población catalana ignora en la actualidad cuanto proceso político de tipo “revolucionario” ocurre en su interior, sea éste la aprobación del Estatut (fue aprobado por el 36% de la población catalana, pues fue votado por el 49,4% del censo electoral) o los referenda independentistas que no consiguen movilizar más que al 10% de los municipios que los convocan.

2.- Los partidos políticos, salvo algunas excepciones, NO se atreven a decir que son independentistas. Las clases ilustradas, o mejor dicho, bien informadas, sí saben que lo son, pero el votante tipo del PSC lo vota porque es socialista, y el de CiU lo vota porque piensa que consigue beneficios para la sociedad catalana (y bien es cierto que a corto plazo es así). De Iniciativa puede argumentarse lo mismo que del PSC.

3.- Los años de sodomización de la cultura común al resto de España en el sistema educativo catalán no logran hacer que aumente significativamente la animadversión al resto de España, ni tampoco evita que deportistas de élite como Pau Gasol o Xavi Hernández dejen de emplear la palabra “España” cuando hablan en los medios periodísticos.

En principio, por tanto, una relación sana entre Cataluña-Resto de España. Pero encontramos entonces aquí algo peligroso: la política y los políticos.

Y lo diré sin anestesia: los políticos catalanes (casi todos) son una banda de ladrones de élite que viven conchavados actuando en una suerte de obrilla de teatro sacando tajada de cuanto dinero pasa delante de ellos. Dado que Cataluña tiene dinero de sobra, pueden permitirse ciertos lujos -los sueldos administrativos más altos del Estado, Embajadas ficticias, Asociaciones Culturales que sirven para colocar a los amiguetes y familiares, corruptelas como las del Palau, el 3%- y la población catalana al mismo tiempo hace como que no ve esto debido a que, al haber tanto dinero, no le importa que se caigan algunas moneditas, que diría Sherman McCoy en La hoguera de las vanidades. ¿O es que piensan que es casual que el condenado por Filesa, Josep Maria Sala, esté de nuevo readmitido en el PSC tras pasar por la prisión? El problema, como tantas veces en la vida, entonces, es el exceso de dinero. No saben qué hacer con él y se dedican a malgastarlo. Pero como tienen tanto, apenas se nota.

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Y una última cuestión: Matemáticas. Una Ley con una palabra de más o de menos es una Ley cambiada. No es lo mismo decir: “La soberanía reside en el pueblo” que “La soberanía no reside en el pueblo”. Y una Ley con el 90% de los artículos válidos no es una Ley válida, o constitucional, o legal. Del mismo modo que en un examen de matemáticas se suspende al que como resultado de 10×10 escribe 90, pese a que esta cuenta sea válida en un 90%.