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Fanny Rubio es Doctora en Filología Románica y, actualmente, catedrática de Literatura en la Universidad de Madrid. Fue la directora del Instituto Cervantes de Roma entre 2006 y 2008. Por ello, recibió, por parte del Jefe del Estado, la Encomienda de Isabel la Católica. Como crítica literaria ha publicado varios estudios como Revistas poéticas españolas, 1939-1975 (1976) y Poesía española contemporánea (1981). También es ensayista –El Juan Ramón de Aurora de Albornoz (2007), Baeza de Machado (2008)-, narradora –Fuegos de invierno bajo los puentes (2006), El hijo del aire (2001)- y poeta –Retracciones y reverso (1989), Dresde (1990). Este año ha sido nombrada Representante de la Unión Latina en España.

P.- Usted es Catedrática de Literatura en la Complutense. ¿Cuál fue el momento en el que decidió dedicarse a la docencia?

R.- Al conocer a alguno de mis profesores, especialmente cuando asistí a una clase de Emilio Orozco en la Universidad de Granada. Había más alumnado del habitual. Vinieron estudiantes de . Se había corrido la voz en Granada que la mejor clase de don Emilio era la que dedicaba a la mística española. Ese día conocieron los estudiantes de de Granada qué era un pre-infarto, dada la expectación, emoción y sensaciones despertadas por el profesor a sus alumnos. También las clases de Juan Carlos Rodríguez eran una revelación materialista, con su especial lucidez a la hora de ejercitarse como crítico implacable del fenómeno cultural. Tuve la suerte de compartirlos, y aquí me tienen.

P.- ¿Cuál ha sido el mejor momento que ha atravesado como profesora?

R.-Hay buenos momentos, que a veces se repiten: que algunos de los buenos alumnos cruzaran Madrid dos veces para oirme una clase y se fumaran las demás; llevar “gratis et amore” al poeta José Agustín Goytisolo y quedarnos en la Facultad hablando de poesía con los estudiantes de primero hasta que nos echaron… Pero el mejor fue conseguir que mis tres grupos de estudiantes complutenses realizaran la lectura completa del Quijote en el Círculo de el primer año (hace 14 o 15 añitos) de manera casi clandestina, durante dos días y dos noches acompañados por mendigos de la calle Alcalá, cantantes que no se iban a dormir como Rossell o Imanol, jueces de guardia como Garzón que leyó aquello de la última página “aconseja bien a quien mal te quiere” y otros noctámbulos.

P.- ¿Y el peor?

R.- Ir a la Facultad a comentar el monólogo de Pleberio en La Celestina por la pérdida de Melibea la misma tarde de la muerte de mi hermana menor. Tragarme las lágrimas para que no se notara que Pleberio, ese día, era yo.

P.- Usted estudió en la Universidad de Granada, pero imparte clase en Madrid. ¿Qué mejor sabor de boca le deja la vida universitaria: como profesora o como alumna?

R.- Como alumna me sentí capaz de soñar que podíamos cambiar el mundo y una parte de ese mundo en verdad cambió, no hay más que mirar. Como profesora y escritora he confirmado que no todos los sueños pueden cumplirse y tener valor de celebrarlo, porque en esta vida no solamente hay que ganar, a veces hay que ganarse la condición de perdedor, como escribió . Lo cierto es que como analista y escritora creo que a muchos el mundo los ha cambiado hasta hacerlos irreconocibles.

P.- ¿Qué le parece el nuevo plan de Estudios? ¿Cree que las Filologías se ven afectadas por la adaptación al ?

R.- Me parece fatal en el sentido más etimológico, predestinado trágicamente. Las filologías atraviesan un mal momento, como pasa en todo el mundo. No me hago una idea de una Universidad que no libre la batalla diaria por las disciplinas humanísticas. Hay un elemento positivo, no obstante, en la práctica. Sigue aumentando entre nosotros la presencia de filólogos extranjeros, … que establecen lazos solidísimos con los nuestros y nos hacen preguntarnos acerca de todo lo que constituye nuestro acervo cultural.

P.- De hecho, los estudiantes de las Filologías no se quedaron de brazos cruzados ante el nuevo plan de estudios…

R.- Y es algo que admiro. Yo disfruto viendo a los estudiantes de todas partes con ganas de mejorar los planes de estudios, discutir sobre el futuro de la profesión o exigir salidas profesionales que ayudarían a nuestra sociedad a dialogar mejor, a subir el nivel de la educación y comportarse como profesionales europeos que trabajan por primera vez dentro de una estructura mayor, que no tiene por qué estar mediatizada por las empresas, sino al revés, que puedan convencer a los distintos poderes incluidos los económicos de lo importante que es contar con filólogos y pensadores en todos los espacios para cualificar los resultados.

P.- ¿Cómo ve al alumno universitario actual?

R.- Hay de todo. El clima general es que se están dando cuenta de que la vida es tan bella como dura. Eso siempre hace madurar. En clase suelen ser bastante trabajadores pero algo callados, tímidos tal vez; fuera del aula ejercen la suficiencia que se tiene a los 18 y que a veces dura hasta los 30. Son los años más importantes de la vida y de ellos depende el futuro de cada quien. Estoy segura que lo saben, lo practican, con dosis de ilusión y de esfuerzo. La Universidad es una buena máquina de pensar y formarse. No pierden el tiempo. En otros tiempos éramos más soñadores. Ahora son más prácticos y eso no está nada mal dados los nubarrones por los que atravesamos. Lo que también parece es que se relacionan poco con otras generaciones, tanto por arriba como con las siguientes.

P.- ¿Cree que nuestra sociedad está atravesando, actualmente, una crisis literaria?

R.-Siempre ha sido así. Se puede decir en momentos de pesimismo que hemos perdido 20 años en complacer a los más comodones, convirtiendo la literatura en elemento del ocio. Pero, también hay momentos felices, por ejemplo, en poesía, género que aún no renuncia a interpretar el mundo contemporáneo. Tenemos buenos poetas que optan por caminos escarpados pero no rebuscados y nos dejan en un poema lo mejor de nuestro idioma y con ello nos ayuda a vivir mejor. No obstante se echa de menos dentro o fuera de España a un grupo de la potencia de José Hierro, , Miguel Labordeta, Ángel Crespo, Alejandra Pizarnik…

P.- Usted ha escrito poemas, novelas y críticas literarias. De las tres, ¿qué es lo que más le gusta?

R.- Por igual. Depende del momento vital. y Antonio Machado, Galdós y Larra, Goethe, Pasolini, y, más recientemente, Octavio Paz o Alberti, escribieron mucho de todo y en ellos la escritura (ensayo, creación) tomaba la forma más oportuna para desarrollar un tema.

P.- ¿Qué valor tiene para usted la escritura?

R.- Proponer nombres, es decir, modelos de ficción, narraciones, emociones, al destino humano. “Primero los nombres, después los hombres”, nos recomendó Juan Ramón Jiménez. Escribir también es saber lo que una piensa cuando lee lo que se ha escrito. Y es un mirador donde encontramos a los demás en el proceso de comunicación o de identificación. El poeta José Ángel Valente afirmaba que escribir no es un acto de poder, sino de aceptación y reconocimiento.

P.- Estamos en un momento en el que, a veces nos cuesta inculcar la lectura en las nuevas generaciones: ¿cómo podemos hacer para que les llame la atención la lectura?

R.-Adaptarla a los nuevos soportes: e-mail, mensaje de texto, libro electrónico. Ya podemos leer a García Márquez y a Mario Vargas-Llosa en los nuevos soportes.

P.- ¿Qué es más fácil: escribir poemas o novelas?

R.- Todos empezamos por la poesía.

P.- ¿Cuál ha sido el mejor libro que ha leído?

R.- La verdad es que no hay un libro mejor porque nuestra vida va cambiando y en cada etapa de nuestra vida tenemos un libro mejor. Creo que sus autores al menos están citados en esta entrevista.