Sé que mientras escribo esto puedes haber muerto. En las últimas semanas he intentado, no sin un enorme esfuerzo por mi parte, arrancarte dos o tres momentos de sonrisa, dos o tres pequeñas victorias sobre el tiempo, la enfermedad y la muerte.

Cuando te decía que para aprobar mi asignatura es importante sonreir, lo único que pretendía transmitir es la enorme importancia de un gesto tan simple y tan potente como la sonrisa en tu vida y en la de los que te rodeamos.

No, evidentemente no está en tu libro de texto, ni tampoco “entra” en Selectividad, ni lo encontrarás en los criterios de evaluación, pero una persona que no es capaz de sonreir sí es una persona enferma.

Sonriendo creas una burbuja, aíslas tus temores, tus males, detienes el tiempo y prolongas tu vitalidad por unos segundos.

Habrá a quien le pueda parecer un acto nimio, intrascendente (incluso grotesco, dadas las circunstancias y la inexorabilidad de los acontecimientos), pero para mí el vínculo de la sonrisa con la vida es obvio.

Me creo en el deber de transmitir y azuzar la necesidad de la sonrisa en cualquier entorno. Una sociedad que sonríe probablemente sea una sociedad que sabe llorar, escuchar, opinar, respetar, amar y (por qué no) odiar como es debido.

Gracias por tu sonrisa. Muchas gracias por darme el ejemplo claro de lo que significa ser fuerte. Gracias por demostrar que a la esencia no la mata lo accidental, que como mucho la amordaza, le corta las alas, pone piedras en sus zapatos y palos en sus ruedas, pero la esencia siempre se escapa por una sonrisa y se convierte en magia que hace que yo, desde ahora y para siempre, te recuerde ya sonriéndole a la vida.

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”

 

Para J.L.V.