UNIVERSIDAD CARLOS III DE MADRID

El objetivo de la investigación era entender cómo funciona la cooperación en la naturaleza en general y entre humanos en particular

Desde el punto de vista evolutivo es muy difícil de comprender por qué vamos a ayudar a otras personas cuando lo que nos interesa es ayudarnos a nosotros mismos

Hay distintos tipos de personas: gente que intenta ayudar siempre a sus vecinos (5 %), algunos que nunca lo hacen (35 %) y otros que cooperan en función del estado de ánimo o dependiendo de lo que hayan hecho los vecinos previamente (60 %)

“Hemos comprobado que en general las decisiones sobre cooperación no responden tanto a los incentivos económicos, como al hecho de que los individuos con quienes se interacciona cooperen o no”

Nunca se alcanza una situación en la que la mayoría de la gente coopere. Esto se debe a que una buena parte de personas nunca cooperan o lo hacen dependiendo de la decisión de sus vecinos y de su estado de ánimo, según un estudio experimental realizado por investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M).
El objetivo de esta investigación era entender cómo funciona la cooperación en la naturaleza en general, y entre humanos en particular. “Desde el punto de vista evolutivo es muy difícil de comprender por qué vamos a ayudar a otras personas cuando lo que nos interesa es ayudarnos a nosotros mismos”, explican los autores del estudio, publicado recientemente en la revista PLoS ONE. Una de las conclusiones más llamativas que han obtenido es que hay distintos tipos de personas: gente que intenta ayudar siempre a sus vecinos (en torno a 5 por ciento), algunos que nunca lo hacen (un 35 por ciento) y otros que cooperan en función de su estado de ánimo o dependiendo de lo que hayan hecho los vecinos previamente (un 60 por ciento).

“Hemos comprobado que en general las decisiones sobre cooperación no responden tanto a los incentivos económicos, como al hecho de que los individuos con quienes se interacciona cooperen o no”, resume el profesor José A. Cuesta, que ha realizado esta investigación junto al catedrático Ángel Sánchez, ambos del departamento de Matemáticas de la UC3M, y con un equipo de investigadores de la UNED y la Universidad Católica del Norte (Antofagasta, Chile). Los resultados del estudio, con implicaciones en Física, Economía, Psicología, Matemáticas y Computación, pueden tener aplicaciones prácticas. Por ejemplo, se pueden emplear para optimizar el diseño de redes de colaboración o innovación, en las que grupos grandes de personas o empresas participan en una tarea común, invirtiendo en ello sus capacidades económicas o de generación de conocimiento. “En estos casos – apunta Sánchez – hay que fomentar que los participantes perciban un ambiente mayoritariamente cooperador y eso tiene implicaciones en el tamaño de los grupos de trabajo o en la necesidad de incentivos  puntuales para evitar caer en estados de ánimo no cooperativos”.

El experimento

El problema en cuestión era que no se sabía si al plantear un dilema en el que hubiera que elegir entre cooperar o no con otras personas conectadas a través de una red se podría alcanzar una situación en la que todos o una gran mayoría colaboraran. Las teorías y simulaciones por ordenador existentes no dan una respuesta unívoca y en muchos casos predicen cosas contradictorias, por lo que estos científicos decidieron realizar un experimento poniendo a personas reales en esta situación. Para ello, solicitaron voluntarios  entre los estudiantes del campus de Leganés de la UC3M y los hicieron interaccionar a través de un programa de ordenador, de manera que vieran a las personas con las que tenían que cooperar o no, preservando en todo momento su anonimato.

En las instrucciones que se dieron a los 169 participantes en este experimento, uno de los mayores realizados hasta la fecha en economía experimental, no se usaban palabras como cooperar, traicionar o defraudar para evitar inducir comportamientos, sino que se planteaban las elecciones por colores. En cada ronda, el jugador obtenía un cierto beneficio de su elección en función de lo que hubieran elegido sus vecinos y era informado de lo que éstos habían hecho y ganado. La interacción se repetía durante un cierto número de rondas y en dos situaciones distintas: una en la que  los vecinos eran siempre los mismos y otra en la que tras cada ronda se cambiaban. “De esta manera – indican los investigadores – podíamos comparar el resultado cuando hay una red de contactos fija con lo que ocurre cuando no la hay y se interacciona con grupos distintos”.

Etiquetado con:

Noticia clasificada como: Investigación universitariaUniversidades de Madrid

Te gustó este artículo? Subscríbete a mi RSS feed