UNIVERSIDAD DE ALICANTE

Las oquedades de los árboles viejos esconden un auténtico tesoro para los biólogos. Constituyen micromundos en el que prosperan múltiples especies de fauna y flora. La Universidad de Alicante está estudiando en concreto sus , y para ello utiliza, entre otras herramientas, programas informáticos parecidos a los que se usan para analizar las redes sociales humanas. Si en los seres humanos establecen particulares interacciones de comunicación, en esas oquedades las especies lo hacen relacionándose según la pauta de la supervivencia de las especies, por ejemplo comiendo o siendo comidos, o viviendo de los residuos que otros dejan, etc.

El Instituto de la de la UA () está llevando a cabo investigaciones al respecto sobre los insectos saproxílicos, es decir, que dependen de la madera muerta o dañada y la descomponen, habitantes en las oquedades de especies arbóreas del bosque mediterráneo. Señala Estefanía Micó, profesora de Zoología y directora de una de estas investigaciones, que esos huecos se forman tanto por causas naturales (por ejemplo, la caída de un rayo) como por la mano del hombre, como las podas. Actúan como depósito natural de restos orgánicos y en ellos, en propicias condiciones de abrigo y humedad, gran diversidad de especies, y no sólo insectos, encuentran refugio o alimento, desde aves a pequeños mamíferos, hongos, otros invertebrados… Son una caja de sorpresas en cuanto a biodiversidad. “Ignoramos esto cuando las usamos como papeleras”, indica.

A lo largo de un año los investigadores de la Universidad de Alicante han hecho prospecciones en 87 oquedades, en fresnos, encinas y dos tipos de roble en el parque nacional de Cabañeros (Ciudad Real y Toledo) en las que han identificado 145 especies de dípteros (moscas) y coleópteros (escarabajos). Los individuos nacen de huevos allí depositados y cuando han evolucionado a ejemplar adulto se alejan para buscar otro árbol donde colocar a su vez sus huevos y reiniciar el ciclo. Para conocer este proceso utilizan mallas trampa que cubren el hueco: los ejemplares que intentan abandonarlo caen en un bote para ser luego examinados en laboratorio. Dado que las distintas especies puden tener ciclos estacionales diferentes, esta operación se hace rotatoriamente.

Explica Estefanía Micó que fruto de su actividad ha sido el hallazgo de dos especies que no eran conocidas por la ciencia, bautizadas luego como gasterocercus hispanicus y cryptophagus aurelli, además de otra especie que se creía propia de lugares más septentrionales y otras dos de supervivencia amenazada, lo que permitirá establecer para ellas estrategias de gestión.

Las conexiones entre especies que se crean en estas oquedades (por ejemplo hay insectos que utilizan las galerías que dejan otros al perforar la madera, otros se comen a los de otras especies, o bien producen modificaciones químicas en desechos orgánicos que son aprovechadas por otros insectos, etc.) crean complicadas redes de interdependencia, unas veces de depredación o parasitismo y otras de beneficio mutuo. Son tan complejas que para analizarlas los investigadores de la UA se sirven de unos programas de ordenador inicialmente concebidos para que los sociólogos estudien las interacciones que se establecen en las redes sociales, pero que hoy los biólogos han adaptado para descifrar la intrincada arquitectura de la diversidad biológica.

Los investigadores de la UA están encontrando tanta riqueza de seres vivos en las oquedades de los árboles que, según describe un artículo de “Cuadernos de Biodiversidad”, la revista que edita el CIBIO, constituyen hábitats que pueden considerarse indicadores del grado de conservación de un bosque y cuyo estudio tiene una gran trascendencia en el conocimiento de la biodiversidad.