Muchas veces, en debates de café con amigos o por boca de algunos políticos, he escuchado la expresión: «los pueblos tienen derecho a decidir su futuro». El ejemplo más claro y más socorrido de la actualidad viene cuando desde las distintas sensibilidades nacionales del Estado se apela con esta frase al ejercicio por parte de los pueblos a decidir sobre su futuro. Y esta proposición, a fuerza de repetirla tantas veces, se ha convertido en un axioma que nadie parece discutir y ante el que parece que no hay respuesta que la refute. Esto sucedería si realmente fuera un axioma. No obstante, considero que la proposición sí merece un estudio y una crítica porque yo tengo mis dudas de que sea válida. Lo primero de todo, para estudiar esta proposición, hay que preguntarse de dónde viene. Todos estamos más o menos de acuerdo en que la libertad de decisión es uno de los valores esenciales en nuestra sociedad, sino el que más, y que todos los individuos debemos estar amparados por este derecho de libertad e incluso poder ejercerlo. Cuándo reflexionamos en lo que puede ser bueno o malo para un pueblo, enfocamos la cuestión partiendo del «individuo» y la extrapolamos al «pueblo», o en otras palabras: lo que es bueno (malo) para un individuo ha de ser bueno (malo) para un pueblo. Ésta, y no otra, es la manera en la que pensamos cuando reflexionamos sobre estas cuestiones y es, por otra parte, una manera natural de enfocar el problema, pues la referencia es el propio ser humano. En el caso que nos ocupa, la proposición objeto de estudio nace del siguiente silogismo: «Si los individuos pueden ejercer el derecho a decidir, los pueblos también pueden ejercer el derecho a decidir». Pues bien, con respecto a esto, dos comentarios:

En primer lugar, cuando hacemos este silogismo estamos partiendo de una premisa que no es siempre verdadera. Me refiero a la primera parte de la proposición: «el individuo puede decidir». Con esto nos referimos a que el individuo puede ejercer su derecho formal a decidir, pero ¿realmente el individuo puede siempre decidir, puede siempre ejercer este derecho? Si yo quiero estudiar la carrera de Medicina pero mi nota en la Selectividad es inferior a la nota de corte, entonces no me dejan tomar mi decisión y me quedaré sin estudiar Medicina. Por mucho que quiera, por mucho que yo lo haya decidido, no soy libre para ejecutar mi decisión, lo cual redunda en que, aunque formalmente he tomado esa decisión, realmente no la he tomado. Existe la decisión de forma pero no existe la decisión real o sustantiva con lo cual, a todos los efectos, «alguien no me deja» tomar mi decisión y ésta no se produce. En el fondo, lo que subyace en todo esto es el concepto de libertad. Más sencillo aún: mi libertad de tocar el saxo un sábado por la tarde choca con tu libertad, vecino mío, de dormir la siesta tranquilamente. Mi decisión está impelida por la tuya, y una de las dos tendrá que ser sacrificada en aras de la otra. Vemos que en situaciones tan sencillas como éstas, el individuo muchas veces no puede decidir lo que previamente quiere, aunque luego a posteriori decida hacer otra cosa. Al no ser siempre cierta la primera parte del silogismo, «el individuo puede decidir», la segunda, «el pueblo puede decidir», no tiene tampoco porqué cumplirse siempre, y por tanto no podemos hablar de que ésta sea una proposición concluyente. En resumen y con otras palabras más llanas: si ni siquiera los individuos pueden ejercer el derecho a decidir, tanto o más complicado lo tendrán los pueblos para ejercer ese derecho.

En segundo lugar, se está haciendo una analogía entre dos formas que son diversas: «individuo» y «pueblo». Si lo que le sucede a un individuo le ha de suceder también a un pueblo, resulta que estamos haciendo un salto arriesgado de «individuo» a «pueblo», y digo arriesgado porque en el caso que nos ocupa hay un obstáculo que salvar y éste no es otro que el sistema de gobernación que han elegido los individuos que conforman el pueblo. El ejercicio del derecho a decidir que pueda ser sencillo para un individuo (si es que hay alguna decisión sencilla en la vida) puede ser extremadamente complejo en el caso de un pueblo según el sistema de gobernación elegido. Consideremos el caso de la democracia: en nombre de la democracia misma se toman muchas veces decisiones que cortan las libertades individuales en aras de otros valores como la seguridad, la justicia o la sanidad. Ejemplos tenemos a montones. La democracia es el gobierno «de los demás para los demás» y no el gobierno «de los demás para uno mismo». Rosseau escribiría con júbilo aquello de que las leyes de la democracia pueden ser incluso más rigurosas que el yugo de la tiranía. El salto de «individuo» a «pueblo» ha de contar con el sistema de gobernación imperante pues es éste el que lo configura y este sistema, siendo incluso la democracia, no facilita muchas veces la libertad de decisión de todos los miembros del pueblo, pues hay otros factores que el legislador también tiene que tener en cuenta y que en determinados momentos pueden primar más que la libertad. El legislador, en su criterio, muchas veces toma decisiones que afectan a muchas personas por intereses con los que esas personas no tienen porqué estar de acuerdo y que incluso pueden no reconocer como beneficiosos para ellas. Un ejemplo: la reciente prohibición de fumar dentro de locales en España, en donde se ha cortado una libertad individual («antes se podía, ahora no») en aras de un criterio que el legislador considera como bueno, como es la salud de las personas; y esas personas, cuya libertad individual se ha cortado, no tienen poder de decisión y no les queda más remedio que asumir la decisión que el legislador ha tomado por ellas. En la democracia pasan estas cosas. En las tiranías pasan otras. Pasar de «individuo» a «pueblo» ha de tener forzosamente en cuenta el tamiz del sistema de gobernación. Un sistema comunista con economía planificada hará la transición de libertades individuales a libertades de pueblos forzosamente distinta que la de un sistema en el que prevalezca el libre mercado. En resumen, al pasar de «individuo» a «pueblo» el sistema de gobernación importa y ese tránsito será distinto y personalizado para cada pueblo y cada momento de la Historia.

La Historia está plagada de acontecimientos en los cuales los pueblos, al sentirse oprimidos por otros pueblos, evocan y aglutinan a la masa en nombre de la libertad. Y sin embargo, en muchas ocasiones, la demanda de libertad de muchos pueblos no es más, en el fondo, que una búsqueda por falta de reconocimiento. Aunque se abandera como libertad, no es de libertad realmente de lo que se está hablando, sino de búsqueda de reconocimiento. Es importante creo yo esta puntillosa diferencia porque sino la libertad, ese valor que todos consideramos tan esencial pero al que parece que no hay definición que se le resiste, puede acabar siendo una palabra vacía que pierda su verdadero valor. Muchos pueblos en la historia, decía, al sentirse oprimidos (bien sabemos que «ser» y «sentirse» no tienen porqué coincidir siempre) consiguieron sacarse el yugo que les oprimía invocando a la libertad, consiguiendo un nuevo gobierno que fuera de su raza, razón, religión o «esencia». Era más importante que el nuevo gobierno reconociera la autenticidad misma de los individuos del pueblo que el hecho de que fuera un gobierno justo. Muchos países africanos y asiáticos tras la Segunda Guerra Mundial son un buen ejemplo de ello: zafarse del yugo colonial era más importante que el hecho de que los nuevos gobiernos, encabezados por dirigentes «iguales» al pueblo, que reconocían su identidad y en los cuales también el pueblo se podía reconocer, fueran gobiernos justos o mejores que los anteriores. En muchos casos, la Historia ha demostrado que los nuevos gobiernos fueron muchísimo peores que las potencias coloniales que los antecedieron. Pero lo importante era conseguir la libertad, que en el fondo no era tal, ya que en muchos casos con los nuevos regímenes sus ciudadanos perdieron muchas más libertades de las que antes disfrutaban.

En el caso de los nacionalismos de la política española actual, muchas veces se menta a la libertad para intentar zafarse de la «bota opresora» española. No importa que el nuevo gobierno resultante sea peor o que la nación resultante de la salida de España quede en peores condiciones económicas que cuando estaba dentro del Estado. Lo importante es ser gobernados por aquéllos que reconozcan los rasgos esenciales. Lo importante es el reconocimiento de aquello que me define, lo cual es un derecho consustancial al ser humano, probado tantas veces por la historia como hemos comentado, porque le hace al individuo sentirse partícipe y de alguna manera idéntico al gobierno que le gobierna, aunque luego éste sea malo o muy malo, siendo éste en todo caso un problema que ya se solucionará después. El sentirse reconocido es una pretensión legítima, probablemente una de la más legítimas de todas las pretensiones humanas, pues nos completa como personas y nos posiciona en la sociedad como realmente queremos ser vistos. Decía Kant que simplemente bastaba con nuestra luz interior, nuestra propia convicción, para poder estar seguro de lo que somos. Pero ese racionalismo kantiano choca con la realidad emocional de que en realidad muchas veces necesitamos que los demás reconozcan lo que somos para no dudar de lo que somos. Si yo me reconozco como catalán, español, bondadoso, inteligente, viajero, atractivo, ingeniero, filólogo o arquitecto, por ejemplo, es porque a los ojos de los demás poseo esas categorías que me colocan dentro de esa clase o especie, y en gran medida es cierto que muchas de esas categorías me definen como persona y como yo mismo me defino o me quiero definir. En la medida en que la sociedad reconozca esos valores, esos valores se afianzarán en mí. Si la sociedad no los reconoce, yo empezaré a dudar de ello con la consecuente pérdida de autoestima o depresión, o me rebelaré y lucharé con todas mis fuerzas para que se reconozcan. Al nivel más alto, ninguno de nosotros quiere ser gobernado por personas que no reconozcan la esencia misma de nuestra religión, raza o idiosincrasia.

Tras todas estas reflexiones, a la proposición de si los pueblos pueden ejercer el derecho a decidir su futuro se puede responder que, si ni siquiera los individuos pueden ejercer siempre ese derecho a decidir, tanto más difícil lo tendrán los pueblos, que además cuentan con la dificultad añadida de que eso dependerá en gran medida del sistema de gobernación en el que se encuentren, y que lo que se puede aplicar a un individuo no siempre se puede aplicar a un pueblo. Y se puede añadir que cuando uno pide el derecho de un pueblo a decidir alegando falta de libertad u opresión, en muchas ocasiones está enarbolando de manera errónea la bandera de la libertad, pues no es de libertad o de falta de ella de lo que se está hablando, sino de falta de reconocimiento. Y si es de falta de reconocimiento de lo que estamos hablando, entonces preguntémonos si el nuevo escenario político en el que se reconozcan las pretensiones será mejor o peor que el actual, preguntémonos si traerá más libertad a los ciudadanos, o más justicia, o preguntémonos qué precio queremos pagar por ese plus de reconocimiento, de si realmente merece la pena o no, o de si por contra podemos aceptar vivir con ese déficit de reconocimiento a costa de ganar más en bienestar. Y preguntémonos también, en la situación actual que nos ocupa en la que parece claro que hablamos más bien de falta de reconocimiento que de opresión o falta de libertad, qué políticas habría que aplicar para ampliar este reconocimiento si es que realmente se ha descuidado este aspecto tan importante, o si de de alguna manera esta pretensión es injustificada pues ese reconocimiento que se demanda ya está sobradamente instalado en los diferentes sectores de la sociedad. Y por último preguntémonos si hoy en día, en la sociedad tecnológica actual, con el porcentaje de gente formada más grande que hemos tenido nunca, que viaja, lee y que vive conectada en red, decía, preguntémonos lo siguiente: ¿hasta qué punto el reconocimiento del hecho nacional español, gallego, catalán o vasco, llevado hasta las más lejanas consecuencias, sigue un hecho tan esencial que sigue sirviendo a toda esta gente como reconocimiento de clase o especie, y sin el que no se podrían reconocer como las personas que son? Y si no es tan esencial pues buena parte de las demandas de reconocimiento están satisfechas, ¿podemos empezar a pensar que quizás a estas alturas podemos relajar un poco las pretensiones de reconocimiento nacional y empezar, tal y como hace la sociedad tecnológica en red en la que vivimos, a hablar más de las personas y menos de las naciones?

Ademar de Alemacastre

Noticia clasificada como: El vuelo del cisne negro

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