, crecimiento negativo, endeudamiento, embargo, , , interés, globalización, inflación, , incertidumbre, subsidio, , capitalismo financiero, burbuja, mercados, banca, etc. Estamos rodeados de conceptos que aluden a realidades más o menos tangibles que hemos asumido como cotidianos a fuerza de noticiario y alarma tras alarma de desastre inminente y horizontes apocalípticos.

Los distintos estamentos sociales (hablar de clases ya no está de moda) se han mostrado inútiles para dar soluciones que no sean meros paños calientes y parches provisionales, sin miras a solucionar nada a largo plazo, todo por el simple hecho de que ellos son parte activa de la estructura que nos ha llevado a donde estamos.

Piensen con inocencia. Es decir, lo lógico, normal y natural (y por tanto, lo inteligente) en una sociedad de mercado sana es adquirir lo que necesitamos, lo que está a nuestro alcance y (lo más importante) lo que podemos pagar. Y no es que defienda una guerra a hierro contra el Capitalismo, pero sí que abogo por un poquito de sensatez. Hay varios factores que influyen en nuestra felicidad, uno de ellos es la estabilidad que proviene de la seguridad de poder subsistir con una serie de necesidades primarias y sociales, cubiertas en un grado aceptable y que nos permitan compararnos con el prójimo sin complejos de inferioridad excesivamente marcados.

Hablo de necesidades sociales porque creo que el origen de nuestra situación actual está en la propia sociedad. Tenemos que deshacernos de ciertos chichés relacionados con el éxito social, olvidarnos de mecanismos que nos han permitido vivir endeudados por encima de nuestras posibilidades con la promesa de devolver lo que debemos al mismo banco que juega con nuestro dinero antes de exigirle al Estado una pensión por jubilación que nos dé para irnos a Benidorm en Octubre, tener casa en propiedad, disfrutar de tratamientos médicos gratuitos y comprarles regalos a los nietos.

Hay que aprender a vivir con lo que tenemos, a deshacernos de lo que no necesitamos y a no deberle nada a nadie. Si se cae un sistema, que sea el de la especulación financiera. Que nadie nos venda nada que no se pueda tocar o disfrutar. Que nuestro banco no compre con nuestro dinero “paquetes” de deuda en Pennsylvania y luego nos cobre comisiones por todo lo que se les ocurra. Que no utilicemos nuestros ahorros para invertir en “productos” que alguien se inventa y que sólo sirven para seguir alimentando un sistema enfermo que nos contagia hasta quitarnos la sonrisa. Nos están vendiendo humo. El crecimiento económico “sostenible” e infinito, basado como está en la plusvalía y la deuda, es una quimera, es alquimia, es ciencia ficción, es un engaño colectivo, es pan para hoy y hambre para mañana.

Cada uno de nosotros es sólo una gota en un océano de mecanismos interconectados, pero quizás por eso deberíamos empezar a cambiar los paradigmas de la economía desde nuestra gestión doméstica. Hay que apuntar a la sensatez, a la austeridad, a la inteligencia y a la solidaridad bien entendida. Adquirir productos necesarios, locales y tangibles, aprovechar los recursos propios que ya tenemos, hacer inventario de lo que nos sobra, simplificar nuestro estado financiero, deshacerse de deudas y productos bancarios superfluos, ajustar nuestro ocio a nuestras posibilidades y utilizar el “Networking” para optimizar y sanear nuestra vida económica y personal.

Y todo esto va en contra de un sistema que quiere morir matando, y que no le va a poner fácil al individuo que quiera salirse del redil irse de rositas sin sufrir las consecuencias de la insolencia que supone ver que el emperador está desnudo.

Desolador.