Los elementos básicos del amor son cuatro: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

Que el amor implica cuidado es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo (…)

El cuidado trae consigo el segundo elemento del amor, la responsabilidad. Hoy en día se suele usar ese término para denotar un deber, algo impuesto por el exterior. Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario. Ser “responsable” significa estar dispuesto a “responder”. La persona que ama, responde. La vida de mi hermano no sólo es asunto de mi hermano, sino propio (…)

La responsabilidad no obstante podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad si no fuera por el tercer elemento del amor: el respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respiscere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener consciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal y como es. De ese modo, el respecto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que le es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad. El amor es hijo de la libertad, nunca de la dominación.

Respetar a una persona sin conocerla, cuarto elemento del amor, es imposible. El cuidado y la responsabilidad hacia una persona serían ciegos si no los guiara el conocimiento sobre esa persona (…)

Estos cuatro elementos forman el principio activo del amor: dar. Para la mayoría de los niños hasta los ocho o diez años, el problema consiste exclusivamente en ser amado. Hasta esa edad, el niño aún no ama; responde con gratitud y alegría al amor que se le brinda. A partir de ese momento surgirá por primera vez en la vida del niño y luego de la persona, la idea de dar algo, de producir. El niño que se convierte en adulto supera su egocentrismo; la otra persona ya no es primariamente un medio para satisfacer sus propias necesidades. Las necesidades de la otra persona son tan importantes como las propias. Al amar, o mejor dicho, por el amor maduro basado en el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento, la persona abandona la prisión de soledad y aislamiento que representaba el estado de narcisismo y autocentrismo. Siente la sensación de unión, de compartir; pero más importante: siente la potencia de producir amor antes que la dependencia de recibir siendo amado. El amor infantil sigue el principio: “Amo porque me aman”. El amor maduro obedece al principio: “Me aman porque amo”. El amor inmaduro dice: “Te amo porque te necesito”. El amor maduro dice: “Te necesito porque te amo”.

“El Arte de Amar” – Erich Fromm