UNIVERSIDAD FRANCISCO DE VITORIA

Esta semana ha ocurrido una nueva tragedia al naufragar un barco lleno de personas inmigrantes. De las 500 personas que intentaban pasar de África a Europa huyendo de la esclavitud de la pobreza, sólo han sido rescatados con vida 100.

En España, esta noticia no nos es tan lejana pues, cada año naufragan cientos de personas, intentando cruzar desde África a nuestras costas. En los años de crisis que llevamos, se ha reducido mucho el número de personas atraídas por el sueño de llegar a Europa a buscar un futuro mejor pero, el caso de Lampedusa, es señal de que la desesperación de muchas personas es todavía más grande que la crisis que tenemos en Italia o en España.

¿Quiénes son estas personas que se juegan la vida para intentar entrar en Europa?

Aunque estamos hablando en este suceso de personas procedentes de la costa de Libia, realmente hablamos de personas procedentes de todo el Norte de África y también de países subsaharianos.

Hay que recordar que no son los más pobres y analfabetos los que emigran, sino que son aquellos que, dentro de una región humilde, son capaces de entender la realidad del mundo en el que viven, tienen noticias de que existen países donde se vive mejor (lo que llamamos Occidente), dónde existen más oportunidades de labrarse un futuro y se respetan más los derechos humanos. Los que emigran suelen ser personas con capacidad de liderazgo para, entre sus compañeros, decidir emprender una arriesgada aventura en la que, algunas veces, se juegan la vida y, algunas veces, la pierden.

Las personas que emigran son personas valientes, no se quedan resignados a un futuro sin esperanza como muchos de los que les rodean. Son personas que tienen que ahorrar durante mucho tiempo, de hecho sus familias ahorran con ellos para apoyarles pues, si tienen éxito en su reto migratorio, esperan que luego la familia se beneficie de ello. Y no pensemos que es mucho dinero lo que consiguen ahorrar, es lo justo para pagar al intermediario que prepara el barco con el que cruzar a las costas europeas.

Ante esta nueva tragedia el Papa Francisco ha dicho que siente vergüenza y que, le preocupa la indiferencia que podemos sentir ante la desigualdad y la desgracia de estas personas. ¿Somos indiferentes en Europa? ¿tenemos razones para ello?.

La realidad es que el Norte y el Sur estamos más necesitados los unos de los otros de lo que creemos. No es sólo que todas las personas seamos igualmente dignas, que lo somos, sino que, además, nos necesitamos. Podremos decir desde la sociedad desarrollada: “no les hemos llamado” pero, no es verdad:

– Cuando nuestras economías crecen, no tenemos trabajadores y, les llamamos.
– Cuando en nuestras familias, no tenemos quien pueda ayudarnos a cuidar de nuestra casa, de nuestros hijos, de nuestros enfermos y nuestros mayores, les llamamos.
– Cuando la vida nos sonríe y tenemos riqueza material suficiente, queremos que trabajen para nosotros y que lo hagan cobrando poco.
– Cuando les conocemos y encontramos en algunos de ellos otros valores (la importancia de la familia, la alegría de vivir, el amor a su cultura, el espíritu de sacrificio, la espiritualidad), queremos que se queden con nosotros y aprender de nuevo a vivir.

No podemos ser indiferentes, debemos sentir tristeza ante esta desgracia y, comprometernos con ellos. Es verdad que, también generan problemas y tensiones ¿y sin ellos no las tenemos?. Hemos de reconocer lo que la ciencia repite: aportan valor a la economía y a la sociedad. Y hemos de pensar cómo querríamos ser acogidos si nos encontrásemos nosotros en su lugar.

Miguel Osorio García de Oteyza, Director de la Cátedra de de la Universidad Francisco de Vitoria