UNIVERSIDAD DE GRANADA

Así se desprende del trabajo de investigación publicado en la revista “Florentia Iliberritana” por el profesor José Antonio Martín Ruiz, con el título “El aceite en la protohistoria del sur de la península ibérica”

Durante gran parte del I milenio a. C. el olivo cultivado en el sur de la península ibérica no gozó probablemente de una amplia difusión, pese a lo que habitualmente se ha venido sosteniendo. Más bien el fue un alimento escasamente difundido en la península ibérica hasta la llegada de los romanos, según se desprende del trabajo de investigación publicado en el número 24 de la revista de la Universidad de Granada “Florentia Iliberritana” por el profesor José Antonio Martín Ruiz, con el título “El aceite en la protohistoria del sur de la península ibérica”.

Según el investigador José Antonio Martín Ruiz, de la Universidad de Almería, “suele admitirse que la llegada de los fenicios en el I milenio a. C. supuso la introducción en el sur de la península ibérica del cultivo del olivo, lo que habría significado la incorporación del aceite a los circuitos comerciales. Sin embargo, los restos orgánicos conservados sugieren que se trataba de acebuches, sin que se conozcan tipos anfóricos destinados exclusivamente a su transporte o recipientes para la iluminación, lo que, junto a la inexistencia de instalaciones dedicadas a su producción hasta la segunda mitad de dicho milenio, sugiere que se trataba de un alimento escasamente difundido hasta la llegada de los romanos”.

El autor del trabajo asegura que, aun cuando sin duda son necesarios más estudios al respecto, los datos facilitados por los yacimientos fenicios y tartésicos indican que el aceite se obtenía de acebuches, sin que en ningún caso se haya podido demostrar que se trata de árboles cultivados, lo que viene a cuestionar la extendida idea según la cual el olivo habría sido introducido por los colonizadores fenicios. “A ello –señala Martín Ruiz– debemos sumar otros aspectos que apuntan en la misma dirección, sobre todo en la primera mitad del I milenio a. C., como pueden ser la inexistencia de instalaciones destinadas a la extracción de aceite, junto a la carencia de lucernas en el repertorio cerámico indígena y de tipos anfóricos destinados en exclusiva a contener este líquido”.

El acebuche

Para el autor del trabajo, el estudio de los restos de madera carbonizada o los huesos de acebuchina documentados en distintos yacimientos peninsulares ponen de manifiesto la existencia de acebuches desde tiempos epipaleolíticos, si bien su expansión comienza a partir del Neolítico y perdura hasta llegar al I milenio a. C. “En relación con esta fase inicial –dice José Antonio Martín Ruiz– cabe indicar la existencia de una fuerte discrepancia entre los autores, puesto que si para algunos el interés se centraba en la obtención de madera y la recolección de acebuchinas para su consumo pero no para la obtención de aceite, otros en cambio admiten el consumo de dicho líquido por parte de esas comunidades prehistóricas. Sea como fuere, no es hasta las primeras centurias del I milenio a. C. cuando, según se viene aceptando, los fenicios habrían introducido en la península ibérica el olivo cultivado, lo que permitía la inclusión del aceite en los circuitos comerciales, a pesar de algunas voces minoritarias discrepantes que hacían responsable de su cultivo a los griegos”.
En este trabajo se plantea, entre otros asuntos, la veracidad o no de dicha afirmación, valorando los distintos restos de este árbol encontrados en el mediodía peninsular durante los siglos iniciales de dicho milenio, tanto si provienen de contextos indígenas como colonizadores.

Otros trabajos de la revista

“Florentia iliberritana”, revista dirigida por el profesor González Román, editada conjuntamente por los departamentos de Filología Griega, Filología Latina e Historia Antigua de la UGR, y publicada por la Editorial Universidad de Granada (eug), contiene en este número los también trabajos de investigación: “Motivos de la tradición clásica en la obra de Julio Herrera y Reissig”, de José María Camacho Rojo;

“Medea de Fermín Cabal.Estudio de sus fuentes clásicas”, por Rafael García Fernández; “Traducir los versos líricos de Horacio”, a cargo de J. Luque Moreno; “La arenga de Aníbal en la batalla de Tesino (Liv. XXI 43-44) como ejemplo del munus oratoris de Tito Livio”, por R. Manchón Gómez; “Educación y entrenamiento en el ludus”, a cargo de Mauricio Pastor Muñoz y Héctor F. Pastor Andrés; “El impacto del género literario y del rol social del emisor en el discurso antijudío (siglos IV a VII): Prudencio de Calahorra, Cromacio de Aquileya y Gregorio Magno”, escrito por Liliana Pégolo, Esteban Noce y Rodrigo.

Laham Cohen; “Presencia de la cultura greco-latina en la novela Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne”; de Leonor Pérez Gómez; “Creación y herencia clásica en el poema Helena de Seferis”, por Andrés Pociña Pérez; “Las imitaciones latinas de la elegía de Poliziano In violas”, a cargo de Marcos Ruiz Sánchez; “El comercio en Maenoba entre los siglos III a. C. – II d. C., en base a las monedas encontradas en los alrededores del Cerro del Mar”, de María Milagrosa Sarmentero Ortiz; y “Christian Person – Modern Industrial (Corporate) Society. A Dialectical Contradiction”, escrito por Christos Terezis.

En el capítulo de “Fuentes y Documentos”, por su parte, se publica el trabajo “Los procedimientos de copia y autocopia en el teatro jesuita español: su plasmación en el jesuita Andrés Rodríguez”, de Manuel Molina Sánchez.

Además, la revista cuenta con su habitual sección de Reseñas.