UNIVERSIDAD DE NAVARRA

– Un estudio de la Universidad de Navarra analiza el papel del instructor para lograr el máximo aprovechamiento del aprendizaje del alumno

“Enseñar a aprender y aprender a enseñar”, esas son las tareas básicas que tiene que tener en cuenta el docente que emplea la metodología de la simulación, según un estudio de la Universidad de Navarra.

Aplicado al campo de la medicina y pensando en el alumno, la primera supone conocer y ser capaz de graduar -durante el aprendizaje- la dificultad de la destreza o competencia a enseñar; y la segunda se refiere al manejo del maniquí o simulador, en todas sus potencialidades, para lograr un mayor realismo en la docencia que implique y comprometa al estudiante de forma activa y significativa. Gregorio Mañeru es el autor de la tesis doctoral “Simulación Educativa en Medicina. Estudio de las competencias docentes”, que se ha presentado recientemente.

Se concluye en la investigación que la aplicación de esta metodología requiere del profesor una formación en competencias específicas para lograr el máximo aprovechamiento de su potencial. Estas competencias se concretan en recibir un plan de formación pedagógica actualizada que le permita guiar la práctica; una disposición a la reflexión y autoevaluación de la propia tarea; empeño por lograr el máximo conocimiento y dominio de los simuladores; y que procure la personalización de la enseñanza y de la evaluación.

A todo esto hay que añadir la presencia de medios dotados de alta tecnología que ayudan a estimular la motivación en el aprendizaje. Según indica Mañeru, “son magníficas herramientas que el profesor debe aprender a manejar y aprovechar lo mejor posible para favorecer el interés y la motivación del alumno por aprender más y mejor”.

Nuevos retos que dan lugar a nuevas responsabilidades docentes

Para el autor del estudio, toda esta dinámica tecnológica sitúa al docente ante nuevas exigencias y responsabilidades que modifican su rol directivo habitual para disponerle a ser guía y ayuda en el aprendizaje del alumno. “Al docente se le reclaman ahora respuestas en ámbitos relacionados con: la comunicación, la promoción del trabajo en equipo, el estilo de corrección, el establecimiento de la relación y feedback y, sobre todo, una actitud abierta y con capacidad de innovar”, señala.

De la investigación se deduce que la adaptación de los planes educativos en las universidades (Plan Bolonia) ha dado lugar a más horas de prácticas y a una valoración del trabajo total del estudiante desde tres enfoques distintos: cómo logra la adquisición del conocimiento teórico, de qué modo lleva a cabo la práctica de lo aprendido y cuál es su actitud-compromiso y participación en el proceso.

Según el doctor, lo singular y destacable del aprendizaje con la simulación es que el aprendiz se enfrenta al reto de tomar la decisión de actuar en una situación concreta, con los medios y posibilidades de ese momento, procurando que su razonamiento clínico no se quede únicamente en el objetivo técnico. “El alumno -concluye el doctor- no puede prescindir de la dimensión ética ineludible en la relación interpersonal, ya que el fin último de esta formación es mejorar la seguridad del paciente y la calidad asistencial”.