Autor del Del ápeiron a la alegría, la subjetividad de Deleuze, publicado por la Universidad Autónoma de Madrid

· La entrevista, realizada por Prensa UNE, puede ser reproducida íntegra o en parte.

Este libro investiga la cuestión del sujeto en el siglo XXI, a partir y más allá del pensamiento del autor francés. El objetivo es reconocer la profundidad diferencial y en devenir de nuestro ser, su ontología caótica y mundana, para perfilar la ética o la etología del nómada. Y en el horizonte, como espíritu de fondo del camino filosófico y vital, la alegría entendida a la manera de Spinoza, como el sentimiento de una mayor perfección adquirida.

P. Dice usted que el barrio madrileño de Lavapiés es uno de los lugares privilegiados para estudiar a Deleuze.

R. Lavapiés es una aldea que vive de la diferencia: entre Afganistán y Cuba, Bangladesh, Francia y Senegal, entre el director de cine, el peluquero árabe, el borracho de la plaza y el pijo del fin de semana. Es un molinillo que te catapulta siempre hacia el “otro”, y así es como definiría yo la filosofía de Deleuze.

P. ¿La globalización ha cambiado el sentido de la identidad del hombre?

R. Es con el contacto con el otro que nace el problema de la identidad, así que la globalización impone una reacción frente a lo heterogéneo. Esto provoca una actitud centrífuga (el japonés que viste de Elvis, el español que practica yoga) y una centrípeta (los etno-nacionalismos y la recuperación de la cocina de la bisabuela).

P. ¿Se puede hablar hoy de un sentido de la identidad del hombre global o debería diferenciarse entre el hombre de los países desarrollados y el tercer mundo?

R. Si las fronteras culturales poco a poco con Internet van difuminándose, la divergencia económica es cada vez más amplia. El hombre del tercer mundo se siente como tal solo cuando entra en contacto con un mundo que le domina. La globalización pone el listón del bienestar a niveles muy altos (Suiza, Canadá…) y esto causa la paradoja de que incluso el español medio pueda sentirse pobre.

P. ¿El hombre se conoce más a sí mismo en esta época que en otras?

R. La nuestra es una época de velocidades y cambios repentinos, eterna puesta al día y postmodernismo sin estado ni dioses. Es una época pop, cuya libertad nihilista tiene como otra cara negativa el extravío en la mediocridad. En este sentido no es interesante conocerse a sí mismos: ¿para qué profundizar si los demás piden sólo superficie?

P. ¿Qué efecto están teniendo las nuevas tecnologías sobre el sentido de dicha identidad?

R. Una tecnología funciona como una prótesis que multiplica nuestras capacidades, pero no garantiza nuestro bienestar psíquico ni material. La superconectividad suele ser bastante superficial, pero si Ulises hubiera tenido un smartphone con gps y whatsapp, Penélope quizás no habría tenido que vivir tantos años de castidad.

P. ¿Y en concreto las redes sociales?

R. Kafka dijo que hay dos tipos de tecnologías: las que acercan de verdad a las personas (la bicicleta, el tren, el avión…) y las que solamente parecen acercarlas (el telégrafo, el teléfono,.. facebook…). Con las redes sociales nos quedamos en la antesala de la comunicación, en un mundo sin olores y sin acción.

P. ¿Globalización y tecnología favorecen la capacidad de cambio que tiene el ser humano?

R. Solamente la fascinación hacia el otro puede empujarnos a un verdadero cambio. Un ser humano, para cambiar, necesita un encuentro. Tecnología y globalización multiplican la cantidad de encuentros, pero no aseguran la fascinación.

P. ¿Favorecen el pensamiento y la creación?

R. Sí y no. Si no nos dejamos entorpecer por lo superficial y por el constante enganche publicitario, la red guarda minas de oro. Aunque, eso sí, se dice que solamente el 2% del contenido es original. Cada vez se copia más y cada vez se fomenta más la uniformidad.

P. Dígame, en los comienzos del siglo XXI, ¿quiénes queremos ser?

R. Muchos quieren ser reconocidos y tener sus pequeños momentos de gloria, aunque sean los “me gusta” de los “amigos”, como si con eso se les encendiera la bombilla. Otros quieren el fuego.

P. ¿ Y quienes somos?

R. No somos, estamos. Y cada uno no es uno, sino muchos. Cada uno construye su historia, si puede.