UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

Un equipo, dirigido por la profesora Maite Garaigordobil, ha creado un programa para evitar y reducir el : ‘Cyberprogram 2.0’

La violencia ha echado raíces, no solo en el patio de las escuelas, también en las redes sociales, donde la perversión, amparada en el anonimato, campa a sus anchas. Humillaciones, acoso, terror… son algunas de las características que definen al y al cyberbullying, ambas lacras sociales que causan, en algunos casos extremos, graves consecuencias para la víctima, llegando incluso al suicidio. Pero, aunque la violencia entre iguales tiene los efectos más negativos y graves en las víctimas, también tiene consecuencias muy perniciosas para los agresores y los observadores.

El equipo dirigido por Maite Garaigordobil, catedrática de Evaluación Psicológica de la Universidad del País Vasco, lleva años trabajando en las aulas evaluando y estudiando un problema que va en aumento. Fruto de esta investigación es la creación de un programa de intervención para prevenir y disminuir el cyberbullying, ‘Cyberprogram 2.0’ (Editorial Pirámide, Madrid, 2014), que se implementó durante el pasado curso escolar en tres centros educativos de Gipuzkoa. En total, participaron 176 adolescentes de 13 a 15 años (48% varones y 56,2% mujeres), que cursaban Educación Secundaria.

Del conjunto de la muestra, 93 participantes se dividieron en cinco grupos experimentales y 83 formaron cuatro grupos de control. Los resultados obtenidos en la evaluación experimental constatan que ‘Cyberprogram 2.0’ es una herramienta eficaz para prevenir y reducir la violencia entre iguales en cualquiera de sus formas. Así, ha confirmado que entre los adolescentes que realizaron la experiencia comparados con aquellos que no la llevaron a cabo, han disminuido el porcentaje de agresores, tanto de bullying ‘cara a cara’ como de cyberbullying, y han aumentado las conductas sociales positivas, la empatía o la autoestima.

“A través de este programa hemos trabajado mucho con ellos el tema de la empatía hacia las víctimas y la capacidad de los observadores para denunciar estas situaciones. Intentamos movilizar a la persona que ve una situación de violencia entre iguales, del tipo que sea, para que no se calle y denuncie con el fin de que los adultos podamos actuar. Trabajamos con ellos para que se den cuenta que quien denuncia no es un ‘chivato’, sino un compañero solidario. Pero muchos callan por miedo”, explica Maite Garaigordobil.

Este programa hunde sus raíces en un estudio realizado por el equipo de la profesora Garaigordobil durante dos cursos académicos (2011-2013). Tomaron parte 3.026 estudiantes del País Vasco de 12 a 18 años (48,5% varones y 51,5% mujeres) que cursaban Educación Secundaria y Bachillerato, tanto en centros públicos como en privados. La investigación evaluaba cuatro tipos de acoso ‘cara a cara’ (físico, verbal, social y psicológico) y 15 conductas de cyberbullying (robar contraseña, suplantar personalidad, llamadas y mensajes ofensivos…) Los datos obtenidos reflejan que un 83,7% de los jóvenes estuvieron implicados en el último año en situaciones de bullying, de los cuales, un 39,2% fueron víctimas, un 38,4% agresores y un 79,5% observadores. La investigación reflejó además que dos de cada tres víctimas eran agresores. En cuanto al cyberbullying, el estudio mostró que un 69,8% de los jóvenes estaban implicados de alguna forma en situaciones de cyberbullying, un 30,3% eran cybervíctimas, un 15,5% cyberagresores y un 65,1% eran cyberobservadores. Así mismo, se constató que uno de cada tres cybervíctimas eran cyberagresores.

“Ante estas situaciones la sociedad no está dando una respuesta adecuada. Cuando se detecta un caso, muchas veces son las propias víctimas las que deben abandonar el centro escolar porque no se consigue resolver el problema. Hay infinidad de protocolos de bullying, antibullying, procedimientos… pero realmente no se consigue reducir la conducta violenta, ni hacer que los observadores denuncien. Y mi mensaje para los padres de agresores y observadores es que sus hijos o hijas no quedan libres de efectos negativos porque participar en esas situaciones es muy nocivo para el desarrollo de su personalidad. Todos son perdedores”, subraya la catedrática de Evaluación Psicológica de la UPV/EHU.

En estos casos, es fundamental la colaboración entre la familia y la escuela. “Aunque es importante la prevención en las aulas, la familia es fundamental, pues es el núcleo de socialización primario más importante en el desarrollo humano. Y los padres de una persona agresora deben ayudarle a reparar el daño causado en la víctima y no calificar su conducta indebida como ‘cosa de niños’. En este estudio hemos comprobado que altas dosis de afecto, de cariño, y de implicación con los hijos, con unas dosis razonables de castigo, disciplina y coerción, es el modelo educativo más adecuado; ya que, hemos visto que en las familias de jóvenes agresores hay especialmente poco cariño, poco afecto, poca implicación en la vida de los hijos y, a veces, demasiadas dosis de castigo”.

Actualmente el equipo de la profesora Maite Garaigordobil está estudiando y recabando datos sobre situaciones de bullying y cyberbullying entre jóvenes de más temprana edad, entre 10 y 12 años.

Referencia bibliográfica

GARAIGORDOBIL, M. (2013). Cyberbullying. Screening de acoso entre iguales. Screening del acoso escolar presencial (bullying) y tecnológico (cyberbullying). Madrid: TEA.

GARAIGORDOBIL, M., y MARTINEZ-VALDERREY, V. (2014). Cyberprogram 2.0. Un programa de intervención para prevenir y reducir el ciberbullying. Madrid: Pirámide.