Autor del Las raíces cósmicas de la vida, publicado por Editorial UAB

La entrevista, realizada por Prensa UNE, puede ser utilizada íntegra o en parte.

Bajo el título “¿Es la vida patrimonio único de la Tierra?” y basada en el libro “Las raíces cósmicas de la vida”, del científico Josep M. Trigo, anoche se celebró la segunda conferencia del ciclo “Divulgar en la calle”, organizado por la Universitat Autònoma de Barcelona y la librería Documenta, que se está desarrollando desde enero hasta junio en el espacio UNE de la citada librería. Con este motivo, hablamos con el científico en esta entrevista.

P. ¿Es la vida patrimonio único de la Tierra?

R. Diferentes líneas de evidencia indican que claramente la respuesta es un rotundo NO. Hoy en día conocemos que en otros lugares del Sistema Solar pudo surgir vida en el pasado y, desde luego, estamos descubriendo miles de planetas extrasolares que revelan que cada galaxia puede contener tantos planetas como estrellas. No sólo el argumento numérico es relevante dado que la química de otros sistemas planetarios se antoja similar y dominada por el carbono en cualquier punto de nuestra galaxia o en otros entornos cósmicos. El progresivo incremento de la complejidad orgánica, es decir de la química del carbono, debe poder producirse en cualquier lugar en que se den las condiciones de estabilidad térmica y acuosa propicias. La vida es consecuencia natural de la evolución química del Universo, como explico en mis libros.

P. Cuándo los científicos hablan de “vida” ¿qué deben entender por tal los ciudadanos?

R. Nos referimos a vida formada por organismos capaces de autosustentarse y reproducirse incluyendo los microbios como seres más sencillos. La vida compleja surge de la propia evolución de organismos primarios como demuestran los estudios bioquímicos.

P. ¿Se está más cerca de poder demostrar la existencia de vida fuera de nuestro planeta?

R. Desde luego, aunque quizás descubrirla requiera un golpe de suerte. Primero de todo estamos comenzando a explorar mejor nuestro sistema planetario en el que no podemos todavía descartar que no haya surgido vida en otros cuerpos planetarios. También el descubrimiento de otros sistemas planetarios, el estudio remoto de las atmósferas de planetas similares a la Tierra y la escucha con radiotelescopios de algunos de ellos podría permitir encontrar evidencia de vida en pocas décadas.

P. ¿Dónde existen posibilidades de encontrarla en estos momentos? ¿En qué fase o fases podría encontrarse esa vida?

R. Pensamos que la vida requiere evolucionar en un entorno con agua líquida pero una vez formada puede migrar hacia otros hábitats inesperados. Por ejemplo, hace pocas décadas no soñábamos con encontrar microorganismos viviendo en la litósfera terrestre. En nuestro sistema solar deberíamos explorar Marte y las lunas Europa de Júpiter y Titán de Saturno.

P. Ustedes han desvelado las raíces cósmicas de la vida. ¿Permiten estos conocimientos proyectar la evolución de la vida humana en nuestro planeta?

R. Efectivamente la astrofísica revela que los elementos químicos que conforman los seres vivos se han sintetizado en estrellas que murieron para darnos vida. La vida humana es frágil y requiere un compromiso a escala global para poder afrontar diversos peligros nada desdeñables.

P. ¿Y en otros mundos?

R. El hombre necesita explorar, resulta nuestro medio natural. Sin la exploración de otros territorios en busca de recursos quizás nuestros antepasados se hubieran extinguido. El salto al espacio es cuestión de tiempo y colonizar la Luna, Marte u otros lugares puede permitirnos superar adversidades. Impactos cataclísmicos con asteroides o cometas podrían ocurrir en un futuro (lejano) y sin entornos alternativos para seguir progresando podríamos desaparecer.

P. Dice usted que vivimos la edad de oro de la astrofísica. ¿Por qué?

R. Porque gracias a los conocimientos actuales sobre la formación de estrellas, planetas y de la evolución de la vida estamos en condiciones de responder a algunas de las más fundamentales preguntas que se ha ido planteando el ser humano.

P. Usted muestra su preocupación en esta obra por el “distanciamiento antinatural entre la ciencia y la sociedad”. ¿A qué se refiere?

R. Paradójicamente cuanto más descubrimientos hacemos los científicos, más se alejan esas respuestas del conocimiento público. Por ello, los científicos debemos jugar un importante papel en divulgar nuestra ciencia para, de ese modo, contribuir a paliar ese distanciamiento.

P. ¿Cree que los ciudadanos no muestran interés por estos temas en comparación con otras épocas? ¿Cuál es su percepción?

R. Mucha gente muestra interés, cada vez más, por la divulgación científica y por las implicaciones de la ciencia en su día a día. El público desea estar bien informado, no sólo de aquellos temas que afectan su salud sino su manera de afrontar y aprovechar la vida. Internet permite encontrar magníficos materiales divulgativos para dar respuesta a esas preguntas pero no permite ponderar su veracidad. Hay también demasiada información perniciosa pues la pseudociencia continua arraigada significativamente en muchos campos del saber.

P. ¿Puede influir en la evolución de la vida en la Tierra este desconocimiento? ¿En qué sentido?

R. La ignorancia científica puede conducir a la desaparición de una civilización. Por ejemplo, la energía nuclear en malas manos resultaría letal para la humanidad. Superamos la guerra fría dado que aprendimos el peligro que representaban las bombas termonucleares. Pero la ignorancia alcanza también movimientos pseudoreligiosos radicales que no propugnan la paz y el respeto hacia todos los seres humanos ni la propia Tierra que cálidamente nos acoge. La guerra, el cambio climático, el hambre y el racismo continuarán siendo las pestes de siglos venideros.

P. ¿Qué lleva a un científico a escribir un libro de divulgación para el público general?

R. Mi constante búsqueda de respuestas desde una posición agnóstica de la vida. Antes de ser científico profesional fui astrónomo aficionado y, mucho antes, fui un niño curioso. Quiero pensar que todavía mantengo la curiosidad natural de muchos niños como, por ejemplo, la de mi propio hijo que escucha atónito las enseñanzas de sus padres, posiblemente nuestro mejor legado.