UNIVERSIDAD DE BARCELONA

· Un estudio de la Universidad de Barcelona sobre esta conducta de riesgo puede servir para diseñar programas de prevención

El consumo intensivo de alcohol —beber cinco o más bebidas alcohólicas, en los hombres, o cuatro o más, en las mujeres, en un período aproximado de dos horas— es un problema de salud pública, especialmente entre la población juvenil. Un estudio coordinado por Ana Adan, profesora del Departamento de Psicología Clínica y Psicobiología de la Universidad de Barcelona y miembro del Instituto de Neurociencias, ha identificado los patrones de personalidad de jóvenes universitarios que tienen este tipo de conducta respecto a la ingesta de alcohol, también conocida como botellón.

El trabajo, publicado en la revista científica Drug and Alcohol Dependence, ha constatado que el perfil de dichos jóvenes se caracteriza por niveles elevados de neuroticismo-ansiedad e impulsividad-búsqueda de sensaciones, al igual que sucede en la adicción a otras sustancias. Este perfil es diferente entre los sexos: el nivel alto de neuroticismo-ansiedad se produce en las mujeres, mientras que la impulsividad-búsqueda de sensaciones se observa en los hombres.

Estos resultados profundizan en los factores de riesgo de este tipo de prácticas, y además podrían favorecer el diseño de programas personalizados de prevención y tratamiento de este problema de salud pública, que en España afecta al 35 % de los hombres y al 20 % de las mujeres de veinte a veinticuatro años de edad. En el trabajo también han participado José Francisco Navarro, catedrático de Psicobiología de la Universidad de Málaga, y Diego Alexander Forero, jefe del Laboratorio de Genética Neuropsiquiátrica de la Universidad Antonio Nariño (Bogotá, Colombia).

Un comportamiento vinculado con otras conductas de riesgo

El objetivo del estudio fue evaluar el perfil de personalidad de estudiantes universitarios que practican un consumo intensivo de alcohol. Este comportamiento se relaciona con una percepción baja del riesgo respecto al consumo de alcohol y otras drogas, como el tabaco o la marihuana, y también se vincula con el riesgo de desarrollar trastornos psicológicos en la edad adulta. Además, las personas que siguen este tipo de conductas son más propensas a conducir bajo los efectos de las drogas y a tener sobredosis de alcohol, problemas académicos o relaciones sexuales de alto riesgo.

Para llevar a cabo la investigación se seleccionaron 140 estudiantes universitarios de entre dieciocho y veinticinco años divididos en dos grupos: setenta (treinta de ellos, hombres) bebedores intensivos de alcohol, y setenta (treinta de ellos, hombres) que no seguían este patrón. En la elección de los participantes se descartaron aquellos que sufrían cualquier tipo de trastorno mental, y además se tuvieron en cuenta los ritmos circadianos, es decir, las variaciones fisiológicas, bioquímicas y comportamentales que tienen lugar de forma cíclica cada veinticuatro horas: «Estudios recientes han mostrado que la vespertinidad, la tendencia o la preferencia de realizar cualquier tarea durante la noche, es un factor de riesgo para problemas relacionados con la sintomatología psiquiátrica, el menor control de los impulsos en las conductas y hábitos de vida menos saludables», explica Ana Adan. Para evitar este posible sesgo, «en el estudio solo seleccionamos personas con una tipología circadiana intermedia, ni matutinas ni vespertinas».

El objetivo de este doble filtro era evitar la presencia de otros factores que pudieran alterar los resultados respecto a la personalidad, que se evaluó con el modelo biológico de los cinco factores alternativos (AFFM).

Los resultados mostraron que el grupo de bebedores intensivos de alcohol puntuaba significativamente más alto que el grupo de control en las dimensiones de neuroticismo-ansiedad y de impulsividad-búsqueda de sensaciones. «Estos datos muestran que un porcentaje importante de las personas con este tipo de conductas tiene rasgos de personalidades de riesgo, similares a los que se encuentran en individuos que han desarrollado un trastorno por uso de sustancias. De modo que, para abordar este problema, sería necesario utilizar estrategias que aminorasen estos rasgos de la personalidad», afirma Ana Adan.

El consumo intensivo de alcohol suele comenzar alrededor de los trece años, tiende a aumentar durante la adolescencia, alcanza un pico en la edad adulta (edades de los dieciocho a los veintidós) y después disminuye gradualmente. «Por tanto, el abandono de esta práctica será más fácil para las personas que no tengan estos perfiles de personalidad que hemos detectado, mientras que será más complicado para las personas que tengan una personalidad más impulsiva o ansiosa, las cuales podrían llegar a desarrollar un trastorno adictivo y otras patologías mentales graves», explica la investigadora.

Diferencias entre los sexos

En el grupo de los bebedores intensivos, también se constataron diferencias entre los sexos, de manera que las mujeres tendrían una personalidad caracterizada por un nivel elevado de neuroticismo-ansiedad y los hombres por un nivel alto de impulsividad-búsqueda de sensaciones. «El consumo intensivo de alcohol es un fenómeno multicausal, pero nuestros datos indican que las mujeres, al beber, obtendrían un refuerzo más emocional, mientras que el refuerzo en los hombres estaría relacionado con reducir la tensión vinculada con la impulsividad. Estos resultado son muy relevantes para la prevención de estas conductas en personas con estos perfiles de personalidad de riesgo», explica Ana Adan.

La identificación de estos rasgos de personalidad es útil para estudios futuros sobre relaciones entre otros factores de riesgo biológicos (polimorfismos genéticos, actividad cerebral o neurocognición) y este tipo de conductas de riesgo. En este sentido, el grupo de la UB ya está trabajando en el análisis de los efectos neurocognitivos del consumo intensivo de alcohol.