Demetrio de Falero

Me apetece hablar de Cataluña y los catalanes. La sentencia del Tribunal Supremo sobre el Estatut pone de actualidad un tema siempre abierto pero últimamente relegado en los telediarios por asuntos importantes de verdad, como la reforma laboral, el Torneo de Wimbledon o el Mundial de Sudáfrica. Quisiera aclarar en primer término que no soy de los que piensan que las fronteras son inamovibles. No lo han sido a lo largo de la historia y frente a las teorías de que los siglos de unión ejercen de estímulos automáticos para mantener esa unión (léase Castilla-Aragón-Navarra) podemos enfrentar la tesis de la existencia de hechos diferenciales que innegablemente pueden motivar la separación de lo previamente unido.

Sin embargo, considero que el caso catalán debería ser tomado en broma en este sentido. O al menos en su argumentario. Y voy a ceñirme a argumentos contemporáneos para no caer en trampas de derechos históricos de una u otra corriente de opinión.

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Traigo hoy al blog una historia citada a su vez por Umberto Eco en la Introducción a “El límite de la interpretación”. Esta historia es contada por el explorador y reportero John Wilkins en su viaje a Norteamérica en 1641:

Hasta qué punto debió parecer extraña el Arte de la Escritura ya en su primera invención lo podemos comprender por los americanos descubiertos recientemente, que se sorprenden al ver que los hombres conversan con los libros y se esfuerzan por creer que el papel pueda hablar (…)

Hay un bello relato sobre esto, que se refiere a un esclavo indio, que fue enviado por su amo con una cesta de higos y una carta. Durante el camino se comió una gran parte de la carga, y sólo entregó la parte restante al destinatario, quien, después de leer la carta y no encontrar la cantidad de higos que debía haber recibido, acusó al esclavo de habérselos comido, poniendo como prueba lo que la carta decía. Pero el indio (a pesar de esta prueba) negaba ingenuamente el hecho, maldiciendo el papel como un testigo falso y mentiroso.

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Tras las convulsiones de los pasados días, en los que muchos se dieron de bruces con la realidad asumiendo que, efectivamente, “la cosa está mal”, he llegado a la conclusión de que nos merecemos esto que nos está ocurriendo. Quizá sea la consecuencia de nuestra condición de país perdido en su identidad, o de sociedad que no sabe muy bien hacia dónde mirar, si hacia Europa, hacia la América caribeña o hacia África (pues somos un país tan europeo como africano, no lo olvidemos). El clima como excusa, tantas veces mentado.

Y es que no concibo que, por ejemplo, con la que está cayendo, se gaste dinero en Eurovisión, cuando hay países que no han enviado a ningún representante por el gasto que eso supone, sumado al escaso retorno de la inversión.

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Dejo aquí transcrito un artículo de Daniel Forcada en www.elconfidencial.com, en el que compara el currículo de los miembros de los gobiernos de España y de Chile. Más allá de lo que en él se dice (algunos de los componentes del gobierno español tienen un currículum brillante), cabe praguntarse si un político es un animal sociológico con don para las relaciones humanas y la “venta” de mensajes, o bien un tecnócrata con ganas de trabajar para los demás.

 

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Dejo aquí colgado un artículo de mi colega Roberto Oyarzun leído en www.aulados.net. Es extenso, pero merece la pena, por cuanto explica con nitidez el sistema del Science Citation Index, tan necesario para aquellos investigadores que deseen acreditarse por la ANECA.

Quienes trabajamos en investigación científica nos hemos ido viendo paulatinamente atrapados en un sistema evaluador, en el cual lo importante no son los resultados de una investigación sino la revista científica en la cual dichos resultados son publicados.

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La corrección de exámenes constituye la tarea más pesada de cuantas tiene un profesor a lo largo del año. Leer cien veces lo mismo procurando ser juez (y de los imparciales, además) del aprendizaje de los propios alumnos es al tiempo una suerte de autoexamen que nos lleva a reflexionar sobre si hemos sido buenos maestros con nuestros aprendices. Lógico. Pero cuando vemos al cabo de los años las burradas que acaban poniendo los pobres “amanuenses” comenzamos a distanciarnos de la enseñanza, ya que comprobamos que no resulta tan satisfactoria en lo que a resultados se refiere, y nos centramos en la política, en la investigación o en el puro correveidilismo. Así, al dar una clase, el profesor universitario estándar se limita a repetir, cada año con menos gana que el anterior, la misma lección con los mismo ejemplos, las mismas presentaciones e incluso los mismos chistes. Y así, ni el profesor está a lo que está, ni los alumnos van a clase. Dentro de 10 días se va a llenar la clase de “Demiúrgica y posología del clavo ardiendo”, ya que el profesor en cuestión (un nostálgico del mayo del 68) va a contar, un año más, la anécdota de cuando, siendo estudiante en una universidad americana, se encontró charlando animadamente toda una tarde con Henry Kissinger sin saber quién era. Los alumnos ya no saben tampoco quién fue Kissinger, pero ese tipo de conocimiento no es materia de ningún examen.

 

He terminado de leer uno de los catorce libros de historia de Isaac Asimov (el escritor, como saben, no sólo fue un maestro en la literatura de ciencia ficción). Quizá sea una osadía abarcar la historia del Imperio Romano (ese es el libro) en 264 páginas de bolsillo, pero la claridad de ideas, la exposición diáfana de causas y consecuencias de los hechos fundamentales y la sencillez narrativa logran que la sucesión de nombres y fechas no resulte pesada en momento alguno. Partiendo de Augusto y llegando hasta la victoria del franco Clodoveo en Soissons en el 486, describe no sólo hechos políticos, militares y culturales, sino que además da pinceladas de los primeros momentos del cristianismo, de cómo logra expandirse por el imperio y de cómo fue uno de los motivos del resquebrajamiento del mismo. Es posible que resulte poco académico decir esto, pero necesitamos libros así: libros escritos por escritores, por narradores consumados que saben hallar el equilibrio entre el pulso de una buena historia (y la Historia está repleta de magníficas historias) y el rigor del saber bien documentado. La nitidez y cercanía conseguida por Asimov así lo indican.

Las redes sociales han acabado por copar la vida de millones de personas. Facebook o Twitter, por citar las que todo el mundo cita, acaban siendo extensiones de la propia persona, en una búsqueda de la ubicuidad que, en parte, consiguen, pues al tiempo uno está con su amigo de la infancia de Alicante y con el profesor holandés que conoció en un congreso en Cracovia. Sin embargo, hasta la fecha no conozco colegas que hayan utilizado esta red para hacer grupo con los compañeros de una clase. Las posibilidades ilimitadas de comunicación e interacción bien podían ser aprovechadas por un profesor para crear en facebook el grupo de “Cristalinidad e Impudicia de la materia cuántica”, por ejemplo, y anunciar convocatorias, propuestas de lecturas, vídeos formativos o incluso enlaces a las biografías de la wikipedia de los próceres que hayan indagado en temas de la asignatura. Y digo más: mi alumno Genovevo Pistón me ha introducido en este mundo y –vive Dios- que lo voy a aprovechar. El mail está muerto, vivan las redes sociales. Viva el progreso, viva la interacción. Vivat internet, gaudeamus igitur.

La generación “ni-ni” (otro trasunto semántico de la incomprensión adulta hacia los jóvenes) está ahora en las aulas. Son los jóvenes que NI estudian NI trabajan. Partiendo de que la preguntita de marras en un bar de copas “¿estudias o trabajas?” se ha sustituido por “eh tú, ¿follamos?”, vemos (no hace falta ser sociólogo) que la exagerada facilidad por conseguir éxitos vitales juveniles lleva a la apatía más tozuda. Una crisis de valores que hunde sus raíces en una crisis económica. En la precrisis. En el calentamiento previo que todo lo permitía. En el parking de la Facultad repleto de coches nuevos. Y con ese panorama, ahora, toca ponerse manos a la obra. Hay que ser psicólogos. Y no porque lo diga Bolonia, sino porque corremos el riesgo, el profesorado también, de que acabemos siendo parte responsable de una la tercera “ni”: “NI les enseñan”. Podríamos acabar en un “no atienden, ergo no me esfuerzo”. Y porque la mejor contribución al conocimiento no es la publicación de un artículo, sino la formación del que, algún día, podrá comprender ese mismo artículo.

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