Entiendo que escribir un segundo capítulo de las reflexiones sobre el movimiento #15M pasa por recordarme a mí mismo dos conceptos fundamentales (“Democracia” y “Libertad”) que están en boca de todos. Desde esta pequeña esquina me permito desarrollarlos para llegar a dos ideas básicas sobre las que en mi opinión debería cimentarse parte del movimiento del #15M y sus futuras propuestas, y las lanzo a la mente colmena con la esperanza de que pueda germinar en cualquier mente activa:

1.- Democracia

Los políticos y la opinión pública nos engañan continuamente cuando nos dicen que la democracia es el sistema de gobernación perfecto. La democracia (literalmente, el “gobierno de todos”) es de facto el gobierno de la mayoría, esto es, es un sistema de gobernación que no satisface siempre mis intereses personales, sino los intereses de una mayoría en la que estoy embebido. Por su propia construcción, la democracia puede ser lenta, puede ser injusta y puede ser inestable. Es decir, puede ser cualquier cosa menos un sistema perfecto. Si no estamos dispuestos a asumir que la mejor de las democracias posibles será imperfecta, entonces es necesario buscar alternativas al gobierno de la mayoría. La Academia ha buscado con profusión estas alternativas. Por poner algunos ejemplos conocidos para dar perspectiva al conjunto de alternativas que hay en la plaza, Platón (427–347 a.C.) rechazaba la monarquía porque podría degenerar en una tiranía bajo un rey inmoral, y en su lugar prefería optar por la aristocracia: el gobierno de unos pocos hombres de calidad. Platón rechazaba y deploraba la democracia porque en las masas habitaban muchos hombres malvados e inmorales. Thomas Hobbes (1588-1679) extendía ese número no a unos cuantos, sino a todo el conjunto de la raza humana: la codicia de los hombres no conoce límites: los hombres son seres sedientos de poder que desestabilizan cualquier sociedad en la que viven. Esa inclinación natural del ser humano por el deseo perpetuo e incansable de poder sólo cesa con la muerte y la autodestrucción, y por ello se hace necesaria la búsqueda y la elección por parte de las masas de un absolutismo (el “Leviatán”) al que todos los hombres cedan el poder y le rindan sumisión. Sólo con el Leviatán se podrá garantizar un orden social. Sin embargo, en el otro espectro del pensamiento, Jean-Jacques Rosseau (1712-1778) teorizó todo lo contrario: incluso un intervencionismo mínimo del Estado era intolerable. Rosseau postulaba un anarquismo romántico basado en la creencia de que la civilización está degenerada y sólo el salvaje primitivo puede ser noble y bueno. El hombre es bueno por naturaleza, afirmaba Rosseau, y son las instituciones las que lo hacen malo. El contrato social de John Locke (1632-1704) era mucho más cooperativo: los ciudadanos ceden ciertas libertades al Estado sólo mientras el Estado sirva a sus intereses. El pueblo, sostenía Locke, tiene derecho a alzarse y desplazar a un gobierno que quiebra el contrato social; no de forma caprichosa, porque eso lleva a la anarquía, sino tras padecer una larga cadena de abusos y prevaricaciones. Allí donde se establece el equilibrio de poder entre el Estado y el pueblo se produce el reconocimiento de que la paz civil y el orden llegan a expensas de las restricciones a la libertad individual, bien autoimpuesta, bien aplicada por el Estado. En aquellos países donde se ha puesto en práctica, la base democrática de la teoría política de John Locke se toma ahora como la forma correcta de gestionar una sociedad. Que es en esencia, nuestro caso.

Ahora bien, con todas sus imperfecciones, ¿Por qué la democracia? En otras palabras, ¿Cuál es el punto fuerte de la democracia frente a otros sistemas de gobernación? Pues si se elige la democracia como sistema de gobernación frente a otros es porque probablemente sea el sistema de gobernación que mejor resiste a la corrupción. Pero, si en un sistema democrático no se cumple la separación de poderes, la clase dirigente se convierte en una casta de la que el pueblo no puede desembarazarse, se descohesiona una país con transferencias alejadas de la ideología que les llevó al poder sólo para mantenerse en la poltrona, se eligen listas cerradas en las que aún por encima llegan a aparecer hasta ¡1.000! imputados por corrupción…y un largo etcétera que todos ya conocemos; si todo esto ocurre, decía, lo que está aflorando con fuerza es la Corrupción, y cuando ésta supera un umbral mínimo tolerable hasta convertirse en los niveles que estamos viviendo actualmente en España, entonces puede que tengamos una democracia, sí, con sus ritos y sus elecciones, pero de facto no será una democracia real. Si lo que hace fuerte a una democracia es una baja corrupción y ahora estamos teniendo cotas altas, algo está haciéndose mal. Es por tanto momento el momento de dar un cambio para volver a la democracia real.

He articulado este razonamiento deductivo para llegar a la idea de que lo que fundamenta una democracia real es tener unos niveles de corrupción bajos. Por tanto, la esencia misma de un buen movimiento de regeneración en estos momentos pasa por esta idea básica: hay que reducir la Corrupción. Éste es desde mi punto de vista la piedra angular sobre la que debería descansar el movimiento: el punto de partida sobre el que deberían gravitar los puntos mínimos para continuar articulando las propuestas que vayan a desarrollarse para conseguir tal fin. Con niveles más bajos de Corrupción, a todos los niveles, la democracia seguirá siendo imperfecta, pero será real. Que es lo que queremos porque creemos en las ideas de Locke.

No estamos tan lejos como creemos; llevamos treinta años de paz y de prosperidad innegable (sí, aunque suene irónico decirlo) y que probablemente nunca ha habido en la historia de este país. Hay cosas que funcionan y funcionan bien. Pero hay aspectos fundamentales que cambiar porque sino corremos el riesgo de empobrecernos. No olvidemos que los países son los que cambian el rumbo de su propio destino y además, lo pueden hacer en un corto período de tiempo. Para bien o para mal. Es por eso que iniciativas emergentes y apartidistas (que no apolíticas) son probablemente la única tabla de salvación que tenemos ahora mismo en una sociedad anestesiada y que paradójicamente se mueve deprisa, consciente de la velocidad en la que se mueve pero no de la posición que ocupa. Un movimiento emergente basado en la indignación pero pacifista se fundamenta y es perfectamente coherente con los cimientos mismos del sistema que nos hemos dado a nosotros mismos, tal y como decía John Locke: el pueblo tiene derecho a alzarse y desplazar a un gobierno que quiebra el contrato social pero evitando la anarquía.

Por tanto, primera idea básica: para que la democracia sea real es necesario reforzar el punto fuerte que tiene frente a otros sistemas de gobernación: hay que reducir la Corrupción en todos los niveles.

2.- Libertad

Para reducir la corrupción hay que trabajar en dos frentes: la educación y la regulación. Dando el primero por obvio (que no sencillo), me ocuparé con respecto a lo segundo entrando en un tema complejo que va de la mano de cualquier intento de postular algún tipo de regulación: me refiero a la Libertad.

La Libertad es una de esas cosas en la que parece que todo el mundo estamos de acuerdo y sin embargo es un concepto tan etéreo que parece que escapa a casi cualquier definición ¿Cuánta libertad debemos tener? ¿Acaba mi libertad al topar con la tuya? ¿Es necesario limitarla para protegerla y que progrese?

Isaiah Berlin (1907-1997) es una de esas personas a las que le debemos mucho por aclararnos ese concepto. La libertad, decía Berlin, puede entenderse como la ausencia de restricciones: somos libres en la medida en que nadie interfiera en nuestra capacidad para actuar como nos place. Pero al topar con la libertad de otro, le estoy negando la expansión de su libertad ¿Cómo se resuelve este conflicto? John Stuart Mill (1806-1873) estipuló que debería permitirse a los individuos actuar de cualquier modo que no se causase perjuicio a los otros; sólo cuando se causa perjuicio existe una justificación para que la sociedad imponga restricciones. Más o menos ésta es la connotación clásica de la libertad promulgada por los liberales y Berlin más o menos también lo entendió así, y aunque desde esa fecha es la postura mayoritariamente aceptada en Occidente, no deja de plantear aspectos problemáticos. Por ejemplo, aunque la Constitución Norteamericana da libertad (ausencia de restricciones) a cualquier individuo para ser presidente de los EEUU, lo cierto es que muchos ciudadanos están excluidos porque carecen de los recursos necesarios, es decir, del dinero, de la educación y del estatus social. De alguna manera, los ciudadanos norteamericanos tienen una libertad formal pero no la libertad real para ser presidente de los EEUU. Si el Estado quiere equiparar la libertad formal a la real tendrá que invertir en eliminar las barreras de educación y estatus, es decir, intervenir, y ahí se produce una bonita paradoja que nada gusta a los liberales: dar peso al Estado. Pero Berlin da un golpe de genio al hablarnos de otra manera de entender la libertad: la libertad también puede entenderse “como una forma de estimulación que permite al individuo a realizar su potencial, alcanzar una visión particular de su realización y lograr un estado de autonomía personal y de autodominio”. Lo voy a explicar en cristiano con un ejemplo muy reciente y conocido por todos: la reciente reforma de la Lay Antitabaco. Al prohibir fumar en sitios cerrados, se ha restringido una libertad que antes se tenía (antes podía fumar, ahora no) Ése es el primer concepto de libertad postulado por Berlin, el clásico y conocido por todos. Pero si miramos la problemática desde otra óptica, los fumadores son personas esclavas del tabaco: existe un conflicto entre su conciencia racional que sabe que no deben hacerlo porque les perjudica a la salud, y el impulso del vicio que les hace volver al tabaco. El Estado, implantando una Ley así, puede ayudar a los no fumadores a dejar el tabaco. Si con ésta y otras medidas consigue que muchos ciudadanos consigan dejar de fumar, en el fondo les está librando de la esclavitud del tabaco y lo que ocurre es que en el fondo los está haciendo más libres. Aquí está la curiosa paradoja: una misma Ley puede coartar tu libertad según una óptica y hacerte más libre según otra, y es la idea revolucionaria de Berlin en su ensayo “Dos conceptos de la Libertad”.

Pero Berlin fue más allá al extrapolar de individuo y pasar a pueblo al desarrollar su teoría. La extrapolación es sencilla: un sistema de gobernación que interprete la libertad sólo como la ausencia de las restricciones personales, comerciales, económicas etc acaba por convertirse en lo que hoy conocemos como un sistema neoliberal o de derechas, en donde en teoría todos los ciudadanos tenemos libertad formal para conseguirlo todo, pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que no es una libertad real, porque se generan muchas barreras de entrada que de facto hacen que muchos ciudadanos no sean capaces de salvar. Unos pocos acumularán indefectiblemente más cuota de poder a costa de unos muchos en un distribución de la riqueza que ya observó Vilfredo Pareto (1843-1923) al estudiar varias sociedades europeas de su época y comprobar que la riqueza no se distribuye según una Distribución Normal (esto es: la mayoría de los ciudadanos tienen ingresos entorno a un valor medio y sólo hay unos pocos ricos y unos poco pobres; la famosa “campana”) sino que la riqueza en realidad se distribuye según una proporción 80/20: El 20% de la población posee el 80% de la riqueza. Esto parece ser una constante hasta nuestros días. Pero el extremo contrario es igualmente perjudicial, o más incluso según Berlin: un sistema de gobernación paternalista que se ampare en una excesiva protección de las personas impidiendo que se autorealicen por sí mismas y que marque las reglas y pautas de comportamiento, puede llevar a un gobierno tiránico en donde el peso del Estado es tan descomunal que podría decidir incluso lo que deberían desear las personas sin atender a sus deseos reales. Este ejemplo llevado al extremo fue la aplicación real de los terribles regímenes comunistas que se vivieron en la segunda mitad del S. XX. No olvidemos que dos de los tres grandes genocidas del pasado siglo fueron gobernadores de regímenes comunistas: Stalin y Pol Pot (el tercero en discordia fue Hitler). La libertad como una responsabilidad paternal del Estado en la realización de las personas es en cualquier caso una idea típica de la izquierda.

Por tanto, la próxima vez que enarbolemos la palabra libertad con ligereza, deberíamos detenernos un momento a reflexionar sobre estas ideas que dan cuerpo a un concepto fundamental. Conviene hacerlo en mi opinión, porque de lo contrario de tan manido acabará por perder todo su sentido y Libertad puede convertirse en una palabra vacía carente de contenido.

Segunda idea básica: Si queremos reducir la Corrupción, al mismo tiempo que educamos en valores, el sistema de gobernación imperante tendrá que aplicar regulaciones, pero hay que saber administrarlas: así como la ausencia de regulación conduce a desigualdades, un exceso de protección conduce al pensamiento único y a las tiranías.

(continuará)

Ademar de Alemcastre