UNIVERSIDAD PABLO DE OLAVIDE

Durante tres años, el superviviente del estuvo en 5 campos de concentración diferentes

empieza la conferencia en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla con las palabras “Shalam alejeim” que, explica significa “la paz sea con vosotros” en hebreo. Para comenzar anuncia que esta será la última charla que dará en “este hermoso país”, en el que ha permanecido desde el 22 de enero y en el que más de dos mil personas lo han escuchado con motivo del Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto.

El superviviente judío confiesa que el día elegido para la celebración de la liberación del campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau, 27 de enero, ese mismo día en 1945 el ejercitó soviético entró al campo de concentración pero no liberó a nadie, “no se puede liberar un lugar como ese, vives toda tu vida con el trauma”. En ese día, se encontraron 7.000 presos en agonía. La idea de crear campos de concentración, explicó, “se remonta al 20 de enero de 1942 cuando en un suburbio berlinés se hizo la famosa reunión para ultimar todos los detalles del crimen más grande del a historia de la humanidad, estuvieron presentes todos los mega-nazis, y todo lo acordado fue anotado en un cuaderno que cuando terminó la guerra fue encontrado y así el mundo supo lo que allí se trató”.

La sanguinaria bestia nazi, como lo llama Klainman, eliminó hasta el día del fin de la Segunda Guerra Mundial a cerca de veinte millones de personas inocentes de forma industrial entre los que se encontraban 6 millones de judíos entre ellos un millón de chicos, rusos, polacos, homosexuales, testigos de Jehová, presidentes del gobierno y distinta gente de todos los países ocupados de Europa. A pesar de todas estas muertes el mundo sabía lo que pasaba y por eso “yo acuso a todos los dirigentes de los países neutrales que sabiéndolo miraron para otro lado, incluso el Papa de aquel entonces, Pío XII, que tampoco dijo nada”, expresa Klainman.

Cuando el fin de la guerra se acercaba los nazis tenían que terminar de alguna manera con los presos y toda prueba que pudiera delatar lo que se hacía en los campos de exterminio. Por ello, antes del fin del a guerra se gaseaban y mataban 25.000 personas por día. Miles de aviones de los aliados sobrevolaban los cielos alemanes, estos aviones arrasaron en pocos minutos una fábrica alemana de caucho sintético que había a 10 kilómetros de Auschwitz pero “la rampa de la muerte por la cual entraban los trenes, quedó intacta hasta el día de hoy”.

Jorge Klainman explica cómo seleccionaban los nazis a las personas que subirían a los vagones o los que directamente morirían. Se separaban hombres por un lado, y mujeres con niños por otro. Dos oficiales de la SS eran quiénes decidían que a la derecha sólo irían mujeres embarazadas con niños, mujeres mayores de 35, enfermas y enfermos, y hombres también. A la izquierda, la fila de la suerte, mandaban a los jóvenes aptos para el trabajo. La proporción era de 70% personas destinadas al exterminio y el 30% a trabajar al campo de concentración.

No obstante, lo peor venía después, de ese 70% de personas destinadas a la muerte se volvían a separar a las mujeres y a los hombres, se les quitaba la ropa y además se les rapaba la cabeza a todos, incluso a las mujeres “que no paraban de gritar”. En este sentido, Klainman aclara que las mujeres nazis eran peores que los hombres, las llama “hienas humanas, más crueles que las mujeres que se reían de las víctimas que sufrían cuando se les rapaba el pelo”. Posteriormente, “se elegían a las mujeres con la piel más linda y se la quitaban para poder fabricar con esa piel pantallas para las lámparas”. Y por último, se abrían dos puertas metálicas y dentro un recinto con capacidad para 1.200 personas, del cielo colgaban una gran cantidad de rosetas imitaciones de las duchas. “La gente entraba y pensaba que por fin se relajarían dándose un baño, al cabo de unos minutos se cerraban las puertas, se apagaba la luz y de las supuestas duchas salía el terrible gas que en pocos minutos terminaba con todo”.

Los nazis no terminaban ahí su trabajo, pues después de que los presos recogieran los cadáveres, estos se llevaban a un recinto que tenía mesas de mármol para arrancarles la prótesis de oro y con instrumentos especiales les revisaban las partes íntimas buscando alguna joya o brillante, y para finalizar los cuerpos se trasladaban al crematorio, de los cuales había 8 que contenían 12 hornos cada uno y en los que había una capacidad de quemar 8.000 personas por día”.

Para continuar con la conferencia, Klainman deja a un lado los aspectos generales de los campos de concentración para contar su propia experiencia. Él y su familia vivían en Kielce al capital provincia del sudeste de Polonia En aquella ciudad en 1941 hicieron el Gueto en el que su familia no quería formar parte y por eso, se trasladaron a donde vivía su abuelo paterno. A los pocos meses, los nazis de los famosos grupos móviles (grupos que se dedicaban a matar a judíos y enterrarlos) llegaron a la ciudad y con megáfonos empezaron a separar a las personas.

Mientras la gente subía, narra el superviviente judío, “pasaban por la plaza un batallón de ucranianos con palas llenas de tierra y el que pensaba un poco se estremecía viendo eso, volvían del bosque donde habían cavado fosas comunes y a donde se dirigían los camiones”. “Los 7.000 judíos que no fuimos a los camiones, nos llevaron a una ciudad pequeña”. En la madrugada les esperaba una vez más una nueva selección que esta vez separó a la familia.

Sin embargo, debido a que un señor que llevaba un bebé en brazos fue eliminado por los nazis, ese incidente le permitió a la familia cambiarse de fila y reunirse. Fue aquí cuando a Jorge Kleinman le ocurrió su primer milagro, gracias a ser menor de 18 años pudo entrar a trabajar a un campo de concentración porque los nazis no tomaban a chicos menores.

En el primer campo de exterminio, Klaiman trabajaba limpiando las botas de los ucranianos pero eso hacía que se perdiera el “suculento desayuno”, el cual explica consistía en “un litro de agua negra con achicoria sin azúcar y pan. Al tercer día, continúa, “sentía que me moría e intenté coger comida de un baúl pero me descubrieron”. Tras el accidente, Klainman cambió de trabajo por miedo a que el comandante que lo había descubierto sin haberlo podido matar lo encontrara.

Llegó el momento de un nuevo campo de concentración, ahí el coronel mataba desde su balcón a los presos y dos veces por semana acudía a la plaza donde se reunían los presos para seleccionar a 200 de ellos y matarlos. Un día Kleinman fue uno de los seleccionados y pensó “podré reunirme con mis seres queridos en el más alla”, pero no tuvo suerte. La bala no le dio en la cabeza, sino en la pierna y cuando los presos fueron a recoger los cuerpos se dieron cuenta de que estaba vivo y lo llevaron a escondidas con un doctor. A partir de ahí, tuvo que cambiar de identidad pues nadie podía saber que estaba vivo, su nombre había sido eliminado de la lista de presos.