UNIVERSIDAD DE BARCELONA

Cuando llega el invierno, las poblaciones de falaropo picofino del paleártico occidental migran hacia dos destinos bien alejados: el océano Pacífico o el mar de Arabia. Con ello siguen una estrategia de división migratoria excepcional y nunca antes descrita en esta área geográfica. Una parte de las poblaciones de aves —las que crían en Groenlandia, Islandia y las islas británicas— atraviesan más de 10.000 kilómetros hasta llegar al océano Pacífico, mientras que las poblaciones de Escandinavia y de Rusia ponen rumbo hacia el mar de Arabia en el océano Índico, a más de 6.000 kilómetros del área de cría.

Este comportamiento migratorio tan particular del falaropo picofino se describe ahora por primera vez en un artículo publicado en la revista Frontiers in Ecology and Evolution, en el que participan los investigadores Raül Ramos y Jacob González-Solís, de la Facultad de Biología y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad de la UB (IRBio).

Una especie invernante poco frecuente en la Península

El falaropo picofino (Phalaropus lobatus) es una ave migratoria de la familia de los falaropódidos que suele habitar en la tundra y las altas latitudes polares durante la época de reproducción. Estas pequeñas aves limícolas pasan buena parte de su ciclo anual —sobre todo el periodo de invernada— en mar abierto, por lo que se las considera como pelágicas. Durante la ruta migratoria posterior a la cría —de agosto a septiembre—, esta especie se puede vislumbrar de manera ocasional en áreas peninsulares como el delta del Ebro o la costa atlántica y cantábrica.

En el nuevo trabajo, liderado por el experto Rob S. A. van Bemmelen, de la Universidad de Wageningen (Países Bajos), el equipo UB-IRBio ha colaborado en la colocación de geolocalizadores —aparatos para seguir las migraciones de larga distancia— en distintas localidades de cría, así como en la modelización del hábitat de las diferentes poblaciones y el estudio de la ecología de las aves marinas. Los resultados muestran la existencia de una divisoria migratoria con dos poblaciones muy bien definidas —pero relativamente cercanas— en la geografía del paleártico occidental.

«En concreto, las poblaciones del Atlántico norte y las de Fennoscandia pasan el invierno en dos áreas geográficas muy alejadas entre sí y con condiciones ambientales muy diferenciadas (clima, recursos naturales, etc.), que están determinadas por la zona de invernada», detalla Raül Ramos, investigador Ramón y Cajal del Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la UB y del IRBio.

«Los falaropos de las poblaciones del Atlántico norte hacen más paradas migratorias hasta el océano Pacífico —cubren casi el doble de distancia— y migran a más velocidad que los de Fennoscandia», continúa. «También presentan alas proporcionalmente más largas, una característica morfológica que podría explicarse por las diferencias en el patrón migratorio entre las dos poblaciones de aves».

Una división migratoria sin barreras geográficas

En el continente europeo se conocen muchos casos de división migratoria relacionados con las barreras geográficas (por ejemplo, el Mediterráneo). Es el caso de varias especies de aves transaharianas con un doble patrón migratorio: los ejemplares de las poblaciones que crían en el centro y el oeste de Europa migran a través del estrecho de Gibraltar, y los del este europeo lo hacen a través de la península arábiga.

No obstante, en el caso de los falaropos las divisiones migratorias también pueden surgir sin barreras geográficas claras, como un reflejo de la historia biogeográfica de la especie. «La ruta migratoria de la población del Atlántico norte hacia el Pacífico podría ser un legado evolutivo de una población ancestral situada de modo originario en América del Norte. Así pues, el rango de distribución de este núcleo original se habría extendido hacia el este —hasta las islas británicas— en un proceso que ha preservado la ruta migratoria primaria de las poblaciones hacia las zonas de invernada del océano Pacífico», apunta el catedrático Jacob González-Solís, del Departamento de Biología Evolutiva, Ecología y Ciencias Ambientales de la UB y del IRBio.

El reto de identificar patrones migratorios globales en el planeta

Hoy día, el falaropo picofino tiene una población de entre tres y cuatro millones de ejemplares, y la especie muestra una tendencia demográfica decreciente en la mayoría de las poblaciones reproductoras. Está catalogado como especie de riesgo mínimo según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y se encuentra afectado sobre todo por la contaminación industrial —en especial, los pesticidas agrícolas— y por los derrames de petróleo que perjudican las regiones árticas de cría. Además, la disminución de la actividad ganadera y de pastoreo en áreas de cría hace proliferar de forma descontrolada la vegetación, que acaba invadiendo las balsas y lagunas donde los falaropos suelen hacer los nidos.

En este contexto, el nuevo trabajo publicado en la revista Frontiers in Ecology and Evolution pone de manifiesto la importancia de las colaboraciones científicas internacionales «y también de los estudios metapoblacionales para identificar patrones migratorios globales de una especie concreta, cuyo fin es evitar el riesgo de caer en especificidades locales que no permiten generalizar un comportamiento migratorio», concluye Raül Ramos.